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Claro de Luna Cap. 4

IV: Bajo Las Estrellas
El sol se había marchado horas atrás, así como las penas y el estrés de los días cotidianos. Todo lo que tenían era la quietud del monte para ellos solos, un paraje lleno de verdor y aromas frescos, en los cuales perderse y encontrar de nuevo esas partes que la vida misma va robando a cada quien. No podía haber una negativa a la paz, a la reflexión, al pensamiento positivo que inundaba el corazón...
—¡Tu maldito perro se terminó nuestra comida! —gritó enfurecido Wingen, siendo escuchado en todo el bosque.
—Te dije que le dieras de tus gomitas. Cuando Sparky tiene antojo, se come todo lo que encuentra —justificó Paul a su can, de cuyo hocico escurría salsa de tomate.
El quinteto de amigos había elegido, con semanas de anticipación, ese fin de semana para una excursión al bosque, simplemente para no realizar un importante trabajo escolar en equipo bajo el pretexto barato de “andaba de viaje”. Por ese motivo fue que no los acompañó Ferret, decantándose por su record escolar en lugar de la diversión. Pero no fue un impedimento para que Paul, Wingen, Falcon, Vivas y Riddick, acompañados por el imponente y viejo perro del rubio y una enorme casa de campaña último modelo (cortesía del adinerado padre del joven Ixcen, en donde igual 15 personas dormían u organizaban una fiesta. Entre bromas y juegos, el grupo se dirigía a un claro donde poder armar la enorme estructura y hacer una fogata, sin lamentarse en lo mínimo el hecho de no tener bocado ni mucha noción en labores de supervivencia. Llegaron a un sitio ideal, ayudados por la iluminación artificial de algunas lámparas de mano, y se dispusieron a comenzar el itinerario.
—¿Sabían que Falcon no avisó en su casa que vendría? —se burló Paul, mientras se tiraba en el suelo a descansar.
—¡Por supuesto que avisé! ¿Cómo crees que estoy aquí? —intentó defenderse el chico.
—Con un pretexto —interrumpió Wingen, sonriendo —. Admite que le dijiste un pretexto a tu madre.
—Bueno... ella cree que estoy en casa de Riddick, haciendo la tarea —aceptó finalmente —. Se preocupa demasiado porque estamos solos.
Bajo ese argumento, ninguno se atrevió a decir otra palabra. El abandono del padre de Falcon desde su infancia era un tema intratable, que se evitaba a toda costa. Se dividieron en dos pequeños grupos, dos personas para armar la casa de campaña, y tres para buscar leña y algo comestible. Puestas manos a la obra, no tardaron más de un par de horas en estar listo su lecho, y ellos en círculo alrededor de una fogata, comiendo unas ciruelas sin lavar que extrajeran de una planta. Charlaban de una y otra cosa, riendo entre cada momento. El ambiente nostálgico de la fogata fue despertando los aromas del recuerdo, y comenzaron a evocar momentos del pasado, momentos que estaban desvaneciéndose conforme se encontraban ahí.
—¿Recuerdas nuestra primera escuela, Falcon? —preguntó el rubio, limpiando un fruto con la playera.
—Claro, como olvidarla. El día que nos conocimos fue toda una tragedia.
—No podía ser de otra manera, ¡Lo conociste a él! —saltó en carcajadas Vivas, mientras sacaba de su mochila un pequeño termo, y en el acto supieron lo que éste contenía.
—¿Trajiste alcohol a la excursión? —Riddick le dio el beneficio de la duda.
—Una fiesta no es tal sin él —quitó la tapa, aspirando el aroma. Luego le dio vueltas frente a ellos, incitándolos —. Aparte es un trago por persona, suficiente para alegrar el momento sin quitarnos la razón.
—Bueno, supongo que siempre hay una primera vez... —se excusó Wingen, tomando el termo con lentitud, un tanto nervioso, y dándole un sorbo. Hizo una mueca, combinación entre asco y satisfacción, y lo pasó a su amigo Paul, que, como Vivas, lo olió, pero al contrario, sintió nauseas.
—Lo haré si los demás prometen hacerlo —propuso.
Previa confirmación de los otros dos, dio un trago y lo pasó a Falcon, que hizo lo mismo sin pensar, tapándose la nariz. Finalmente, Riddick le dio un gran sorbo, devolviéndolo al dueño original, que se bebió el resto del contenido como si fuera agua. Gracias a esto, las risas aumentaron, igual que el grado de estupidez. Se encontraban bailando alrededor de la fogata, luego de hablar sobre rituales de apareamiento y danzas de la lluvia, cuando escucharon un fuerte estruendo, que hizo eco en los confines del bosque.
—¿Escucharon eso? —Wingen tenía los nervios de punta.
—No, solamente tú... ¡Claro que lo escuchamos! —nuevamente se burló Paul.
Lo que los chicos desconocían era que, un par de kilómetros cerca, se encontraba el origen de dicho ruido, y que lo conocían perfectamente. Se trataba de otro pequeño grupo de jóvenes, chicas específicamente, provistas también de lámparas, alimentos y equipo de campamento. El ruido venía del descuido de una de ellas, que había caído de bruces por el tropiezo con la raíz levantada de un árbol, y su posterior grito de dolor. Las que la acompañaban, en lugar de apoyarla, fueron hasta su lugar para taparle la boca.
—¿Qué no puedes permanecer un segundo sin hacer un espectáculo, Shadow? —entre las sombras se vio a una castaña reprimiéndola —¡Estamos en una misión!
—Lo sé, pero me dolió mucho —se excusó la chica, levantándose, todavía dolida.
Se trataba del cuarteto de chicas comandadas por Lizzie. Ella había decidido unas horas antes que debían acampar, precisamente en el mismo bosque que Paul y sus amigos, aunque ese era un detalle que sus compañeras desconocían. El supuesto viaje de placer era una coartada para que la popular joven pudiera obtener cierta información que deseaba sobre el chico que anhelaba. Sabía que ahí, a mitad del bosque, dejaría a un lado su coraza viril y diría secretos a sus amigos, verdades que podían darle una idea de qué hacer para que se fijara en ella. Shadow, Araly y Angel, por el contrario, lo único que querían era un momento juntas, divertido, que las hiciera olvidar el trauma de haber pasado días haciendo esa mugrosa tarea. Lo veían como algo que les ofrecía Lizzie, a cambio de no haber aportado nada al trabajo.
—¿Y dónde pondremos el campamento? —preguntó Araly, cansada de la enorme mochila de comida.
—Más adelante. No te quejes y sígueme, yo sé lo que hago —dijo, tajante, la lideresa.
Avanzaban lentamente, alumbrando cada parte con rapidez, ocultando entre ellas un miedo que iba aumentando, sobre todo por los sonidos que el viento producía alrededor de ellas, haciendo crujir las ramas en el cielo y rodar las hojas en el suelo. Parecía conspirar contra su sano juicio, por lo que, sin advertirlo, iban gradualmente aumentando el paso. Ninguna hablaba, siguiendo a la de al lado esperando que ella supiera que hacer, Angel a Araly, ella a Shadow y ésta a Lizzie, la cual buscaba sin querer ser notada el campamento de los chicos sin éxito alguno. Su expectación se convirtió en miedo, y posteriormente en pánico, cuando escucharon un sonido proveniente del frente, como si se acercara algo entre la maleza de los árboles directo a ellas. Se detuvieron, rodeándose entre ellas, apuntando con sus luces en el mismo punto, con un pulso tembloroso y la respiración agitada. El sonido se iba haciendo fuerte, y el follaje se movía como eco del avance. Shadow sostenía el grito más fuerte de su vida, oprimiendo la mano de su mejor amiga con nerviosismo. Lizzie la soltó para tomar una pequeña navaja que tomara “prestada” de su padre, esperando poder hacer algo, notando que las fuerzas le fallaban. Entonces salió de golpe una gran figura del follaje, gritando como loco y saltando para levantar el polvo. Las cuatro gritaron aterradas, dejando caer sus lámparas y preparándose para correr, pero Lizzie se detuvo al instante, escuchando risas entre la polvareda. Tomó su linterna, y apuntó al culpable de su escape: era Carden, el imparable y bromista pelirrojo, retorciéndose en el suelo por el placer de su burla.
—¿¡Acaso estás loco!? —la castaña lo pateó, furiosa. Éste ni se inmutó.
—¡No pude resistirme! Eran una víctima muy sencilla —dijo, intentando contenerse. Se puso de pie, intentando verla a los ojos sin reírse —. Las vi desde un árbol, y decidí venir con ustedes.
—¿Se puede saber qué estás haciendo a mitad de un bosque a estas horas? —Shadow saltó inmediatamente, intentando verse de nuevo imponente.
—Podría preguntar lo mismo que ustedes: espiar a Vivas y sus amigos.
—¿De qué estás hablando? —se acercó Araly, contrariada.
—No me digan que no saben que él, Wingen y el resto de esos vividores se encuentra cerca de aquí, teniendo un campamento de niños pequeños —caminó sobre ellas, cual un juez —. No pudieron resistir la idea de espiarlos, de intentar obtener información valiosa para usar en su contra.
—No intentes proyectarte, Carden —se lanzó Lizzie en su contra.
—Me descubriste —admitió, riendo —. Ahora admite que han venido por lo mismo.
—¡Por supuesto que no! Hemos venido a acampar simplemente —no pudo sostenerle la mirada al hablar —. Haznos un favor y vete a hacer lo que estabas haciendo.
—Piénsalo, linda: a mitad del bosque se sentirán seguros, y si escuchamos los secretos de Vivas y compañía, tendremos armas contra ellos cuando nos hagan falta.
—Ahora que lo mencionas, no es tan mala idea —intentó ocultar su culpa detrás de la de él.
—¿Quieres hacer lo que este tonto nos dice? —se sorprendió Araly.
—Puede ser —se volvió a su amiga, imponiendo su ley —. Estamos ante una oportunidad única. Esos chicos suelen entrometerse en asuntos que no les incumben, y con un as bajo la manga se los impediremos. Podremos hacer ambas cosas, acampar y espiarlos.
—Suena divertido —para Shadow, cualquier cosa que involucrara varones era divertida.
—A mí también me parece bien —Angel, que no había encontrado manera de entrar en la charla, dio su aprobación apurada.
—... ya está decidido —suspiró la rubia, resignada a seguir la corriente al resto.
Así fue como continuaron el camino acompañadas por el pelirrojo, que relevó en el liderato a Lizzie en el camino, alegando saber exactamente la ubicación de los chicos en el bosque, además de un punto ideal desde el que podrían escucharlos a la perfección. Lo que desconocían, era que no solamente ellos estaban detrás del feliz grupo de campistas. Un par de kilómetros atrás se encontraban otros cinco jóvenes, ganando terreno a gran velocidad, cada uno con una mochila a cuestas. Cuatro de ellos discutían el motivo que los tenía ahí, molestos por la salida nocturna sin previo aviso, pero ese era un detalle que tenía sin cuidado al que se encontraba al frente, su auto nombrado capitán, que de poder, hubiera salido volando para poder alcanzar a los demás. Eran nada más que el equipo de soccer del grupo contrario a Falcon y compañía: Laki, Bencor, Nerem y Deray, con Allan y su pañuelo sobre la cabeza, obligándolos a seguir a marchas forzadas.
—¡Estoy arto! Debería de estar terminando mi tarea —se quejó Bencor, deteniéndose.
—Creo que no has entendido el punto de este viaje, inepto —el capitán fue hasta él, serio, llamando la atención del resto —. No estamos aquí para hacer un campamento afeminado, sino una importante misión, ¿Entendido?
—¿Y podemos saber cuál es esa misión tan importante que me tiene fuera de casa tan tarde? —Laki se cruzó de brazos, apoyando a Bencor.
—La tarea de mañana califica medio año completo, y ya se acercan el torneo de soccer interno que decidirá el equipo que representará a la escuela en el país, para el que piden un mínimo de calificación —sonrió de manera malvada —. Si por desgracia se llegaran a perder en el bosque, o les ocurriera un “accidente”, no podrán entregar el trabajo, y reprobarán el año. ¡Y no tendremos competencia en el torneo!
—Muy inteligente, ¿Se te ocurrió a ti solo? —habló Deray, mofándose.
—¿No te ha pasado por la cabeza que Ferret haya hecho el trabajo por todos ellos? Es un genio —Nerem intentó hacerlo pensar.
—De hecho, fue él quien me dio la idea. Lo escuché de casualidad hablando con otro chico. Dijo estar enojado con sus amigos porque decidieron hacer este campamento el día de entrega del trabajo, que no les ayudaría en nada, y que por él podían reprobar el año entero —exclamó, convencido de su plan —. ¡Está en nuestras manos conseguir que no entren al torneo!
—¿No has pensado en que nosotros no hemos terminado tampoco? —Laki interrumpió su canto triunfal.
—Estaremos aquí sólo un par de horas, luego volveremos a terminarlo en el resto de la noche, ¡El sacrificio valdrá la pena! —una vez convencidos, aunque no del todo, continuaron caminando detrás del moreno, que confiaba en su sentido de la orientación para encontrar a sus enemigos.
Ya para ese entonces, Lizzie y compañía se encontraban encima de un frágil árbol, mirando a unos cuantos metros al grupo de Falcon danzando alrededor de una fogata, como un puñado de tarados, seguidos por un enormeperro anciano. Desearon haber traído con ellos una cámara fotográfica, pero se tuvieron que conformar con contener la risa para no romper la fragilidad del silencio que las encubría. En lo más alto del tronco, Carden intentaba callarlas para escuchar lo que dijeran entre pasos de baile y saltos a través del fuego, pero no era nada más que canticos sin sentido y versos que no rimaban.
—Podrás cruzar el fuego, pero siendo un... topo —Wingen intentó burlarse de Paul, pero no encontró algo que rimara con fuego y dijo lo primero que le vino a la mente.
—¿Sí? Pues tú no puedes cruzar las llamas, porque pareces una... llama —al rubio tampoco se le daban las rimas.
—Ninguno sabe lo que dice, los dos son unos... pejelagartos —Falcon fue el peor de los tres, causando una risa histérica en el grupo, que los tiró al suelo sin poderse contener.
Lo absurdo del tema fue también causa de humor para las chicas, que no pudieron resistirse mucho tiempo, menos al ver caer a Vivas cerca de la fogata e incendiarse los pantalones, corriendo mientras gritaba como niña por una flamita. Causaron un estruendo tal, que los chicos notaron su presencia, poniéndose de pie en el acto, como si ese ruido bastara para quitarles el descontrol que tenían un segundo atrás, y se miraron unos a otros, indagando en el motivo del sonido que irrumpió en el bosque entero, y que hacía ladrar a Sparky sin control en todas direcciones.
—Este perro loco ya no distingue el origen del sonido, ¿Qué creen que haya sido? —escucharon decir a Riddick, limpiándose el polvo del pantalón y recuperando su habitual sensatez.
—Tal vez el eco de nuestra propia risa —espetó Paul, encogiéndose de hombros.
—¿Con tanto retardo? —Falcon desconfió, y comenzó a caminar, buscando el sonido.
Los demás lo siguieron, y las chicas los vieron desaparecer entre las copas de los árboles más pequeños. Encontrarían su campamento, pero no a ellas. Carden les hizo una cara de enfado por su error, sin poder hacer nada más por tener que ocultarse. El silencio que les ayudaba se convirtió en una condena, en un martirio que daba la impresión de eterno, hasta que fue roto por algo peor.
Una fuerte sacudida golpeó el árbol donde se encontraban, y quienes estaban en él se aferraron fuertemente, temiendo una caída estrepitosa. Shadow no resistió gritar, lo que estimuló una mayor fuerza en los golpes al árbol, escuchando risas debajo y frases incomprensibles. Finalmente uno no resistió, precisamente el varón, cayendo entre las ramas, golpeándose mientras le servían de amortiguamiento antes de caer de bruces en el suelo, dolido de cada centímetro de su cuerpo. Vivas y compañía lo tomaron como prisionero, rodeándolo y aprisionando sus brazos; justo cuando lo iban a interrogar, vieron bajar al cuarteto de chicas del mismo árbol, con el cabello revuelto con hojas y ramas, y portando una cara de pocos amigos. La imagen fue suficiente motivo para que la risa saliera de nuevo sin control, soltando incluso a su cautivo para dejarse caer al suelo desternillados. Lizzie se ofendió en sobremanera, y luego de quitarse los “arreglos” del cabello, y darle un poco de forma, se acercó a Paul y lo hizo incorporarse a la fuerza.
—¿Me puedes decir que es tan gracioso? —exclamó, furiosa.
—No sé qué quieres que te responda, son demasiadas cosas —el rubio intentaba hablar sin sonreír, más le era imposible.
—Por cierto, Lizzie, ¿Qué están haciendo aquí? —hizo Vivas la pregunta dorada.
—Un campamento, simplemente —Shadow se adelantó a dar la mentira preparada.
—¿A unos cuantos metros del nuestro? ¿Encima de un árbol alto? No puedes darnos ese pretexto tan malo —Wingen la abrazó, en señal de confianza, pero no de amistad.
—Está bien —la castaña admitió su culpa —. Vinimos aquí a espiarlos, a ver qué hacían para divertirse.
—Eso hubiera sido tan sencillo como pedir una invitación, mi estimada amiga —el joven Ixcen pareció tramar algo. Solía cruzar los brazos cuando como en esa ocasión.
—Vivas, no me digas que... —Paul intentó detener al que, pese a ser su ídolo, a veces no se medía en sus planes.
—Admitámoslo: sería mucho más divertido si nos acompañan en el campamento.
Discutieron un momento sobre los pros y contras, pero finalmente no encontraron argumento más fuerte que el del mismo Vivas “todo es más divertido cuando hay chicas”. Ese era el aliciente ideal para que aceptaran unánimemente, aunque esto conllevara tener que tomar a Carden como parte del paquete. Al notar que a él tampoco le parecía lo mejor, decidieron que era perfecto: entretenerse con unas y molestar a otro. La noche se estaba poniendo interesante.
Y lo mejor estaba por venir. En pocos minutos se encontraban los diez alrededor de la fogata, contando los secretos que Carden tanto quería escuchar, con la diferencia que ahora el ambiente provocaba la imperiosa necesidad de contar los propios, era un encanto abrumador con el que nada podían hacer. Paul admitió que un tiempo Sparky fue su único amigo. Wingen que no sabía lo que era amar en realidad. Falcon que, a pesar de odiar a su padre, lo extrañaba. Vivas que los quería mucho a todos, y que no concebía la vida sin ellos. Riddick no dijo nada, porque su secreto era sobre la callada rubia, presente ahí mismo, pero no apartó el pensamiento de la mente en toda la noche. Animadas por el ambiente, también las chicas dijeron sus secretos. Araly, por su parte, admitió tener miedo del mañana. Shadow dijo amar a los hombres, y que su vida sin hombres sería como estar en prisión. Lizzie, enternecida, admitió no poder olvidar su escuela pasada, un tiempo en el que ella, Falcon, Paul y otros tantos eran íntimos amigos, y pasaron grandes aventuras durante su infancia; les dijo extrañarlos, y que, a pesar de su popularidad, prefería aquella época. Angel estaba por decir su secreto, cuando un nuevo sonido irrumpió en el bosque, provocando que se interrumpiera la charla para salir a investigar, más que nada porque el viejo Sparky insistía en ladrar sin detenerse.
Los diez salieron caminando, acompañados por sus linternas, alumbrando todo a su paso. Ya pasaba de la medianoche, y los temores de ultratumba fueron surgiendo en base del nerviosismo general. Wingen contó que en ese bosque vivió una bruja siglos atrás, y que ofrecía niños al demonio para poder realizar sus pociones. Vivas le pidió callarse, escuchando nuevamente un sonido, más bien una sucesión de ellos, como golpes sobre la madera, además de un haz de luz en un lago, que se iba alejando al ritmo de los golpes. Las chicas chillaron acobardadas, pero los chicos, como todo buen joven con curiosidad, corrieron en busca de esa luz esquiva, a la que se esforzaban por seguir entre los árboles. Falcon, Vivas, Paul, Wingen, Riddick y Carden corrían con todas sus fuerzas, notando que ésta se detuvo de pronto, poniéndose a subir y bajar con un ritmo inconstante, y se pusieron de acuerdo en silencio para rodearla, a fin de descubrir lo que era, y aclarar una apuesta de Wingen y Paul sobre si se trataba de un extraterrestre o un monstruo mitológico, como afirmaba el rubio. Ni una ni otra, se trataba de sus cinco enemigos en deporte, que gritaron aún más fuerte que las chicas al verse rodeados por luces desconocidas.
En ese momento venían llegando las chicas, guiadas por la cantidad de luces que se reunían en un mismo punto. No se hicieron esperar las amenazas entre los dos equipos, que se reunieron en dos extremos, dejando en medio al grupo de Lizzie y a Carden, que nada tenían que ver con esa vieja rencilla.
—No puede ser, ¿Qué no podemos salir a acampar en paz? —refunfuñó Wingen.
—Cállate inepto, me has puesto el susto de mi vida —Allan saltó como portavoz y líder.
—Eso no importa, ¿Qué estás haciendo aquí? —Vivas intentó razonar con él.
—Lo mismo que ustedes, un campamento de compañeros, y comida, y... amistad —la mentira fue tan obvia, que Araly se rió a sus espaldas.
—Viéndolo bien, tampoco me importa. Ya sabemos lo que es la luz, ahora volvamos a nuestro campamento —fastidiado, el joven Ixcen emprendió la retirada.
—¡Espera! No pueden irse así de fácil —Allan intentó improvisar. Tenía que lograr su cometido —. Los desafiamos a un partido.
—Sí, inteligente, ¿En el bosque? ¿Sin una luz clara? Yo pasó —Wingen imitó a Vivas en irse.
—¡Esperen! —gritó una voz, y antes de que volvieran a quejarse, descubrieron que se trataba de Falcon, y que apuntaba hacia la oscuridad.
La pequeña luz escurridiza se encontraba a lo lejos, avanzando a grandes pasos con dirección desconocida. Antes de que se dijeran otra palabra, el grupo completo emprendió la cacería de ese “loquefuera” que los tenía tan intrigados. Ya bastantes cosas sin sentido habían pasado, así que nada más era capaz de asustarlos, luego de encontrar a Carden saltar de entre los arbustos, a Lizzie y sus achichicles salir de un árbol y al equipo rival en un paraje con una sola linterna. No, ni eran las personas más simples ni encontrarían algo normal en esa luz.
La luz avanzó hasta un acantilado, donde la vieron detenerse abruptamente al borde del abismo. Sonrieron satisfechos al saber que la tendrían rodeada, y aceleraron el paso para que no encontrara manera de escapar. En ese barranco ya no habían árboles, por lo que la luz de la luna alumbraba perfectamente la escena que encontraron, y que satisfizo su necesidad de algo increíble: se trataba de otro trío de chicos conocidos por todos, compañeros de clase, que tampoco hubieran esperado encontrar ni en un infinito de años. Nada más que Albert y Ferret, sosteniendo una linterna que apuntaba directamente a un chico de cabellos castaños y mirada picara. Era el único que no pertenecía a la misma escuela, pero no era un desconocido en lo absoluto. ¿Su nombre? Robert Ricq, pero él insistía en ser llamado Rob a secas. Molesto como ninguno, tenía la costumbre de seguir a sus supuestos amigos a todas partes, y estaba a medio paso de caer por un voladero, lo que no importó a más de un par, pero la llegada del grupo de campistas hizo que el otro par dejara de detenerlo.
—Esto cada vez se pone más raro —exclamó Riddick, tirándose en el suelo a descansar.
—Vaya, nos encontraron —se carcajeó Albert, bajando la linterna.
—Es su turno de explicarnos lo que les hizo venir a estas horas aquí —dijo a secas Wingen —. Si dicen que vienen a acampar, los lanzó por el barranco.
—No, en realidad vinimos a salvar su pellejo —aclaró Ferret, saltando al frente para aclarar las cosas —. Alguien me dijo que Carden tenía planeado acampar hoy, y presentí que no era una casualidad que quisiera hacerlo el mismo día que ustedes.
—¿Viniste a salvarnos? —se enterneció Falcon de su amigo.
—Luego de que se negaron a hacer el trabajo semestral, no lo hubiera hecho, pero entonces vino un segundo motivo —el joven genio no daba muestras de sentimiento alguno —. Escuché por error que el equipo de Allan pensaba sabotearlos para que reprobaran el curso y no pudieran entrar a la competencia por el equipo representativo del plantel, y ese fue motivo suficiente para venir a ayudarlos.
—Gracias, amigo... y perdón —Riddick fue con él.
—¿Y que hace Rob aquí? —Paul, que venía llegando al último, por haber esperado a su viejo can, fue lo primero que dijo.
—Nos lo encontramos mientras buscábamos su campamento —habló Albert, jugando con la linterna apagada —. Ferret me pidió ayuda para no dejar que Allan y Carden les arruinaran el juego, pero ahora veo que no era tan sencillo como eso.
—Y bien Rob, te escuchamos —Wingen lo abrazó, trayéndolo del barranco a terreno más seguro.
—Simplemente quería estar en su campamento —se limitó a decir éste, ante la risa general.
—Ahora todo está muy bien, y parece que no queda nadie conocido por encontrar en el bosque —habló para todos Vivas —. Solamente queda un pequeño dilema por aclarar: ¿Dónde estamos?
—Cierto. Debido a las corridas que hemos dado, nos hemos salido por completo del camino conocido —Suspiró Falcon, exhausto.
—¿Alguna sugerencia? —encogió los hombros Vivas, antes de dar él mismo una.
Ahí mismo, bajo la luz de la luna, el grupo pasó la noche completa disfrutando de la grata compañía de amigos y conocidos, contando sus felices vidas, bromas y narraciones de todo tipo. Convivieron de igual manera los populares y los marginados, los inteligentes y los pudientes; entre los grupos con mayor rivalidad, encontraron semejanzas que los hicieron uno por una vez, permitiendo encontrar en el enemigo diario un amigo eterno. Descubrieron facetas de esas personas y de ellos mismos que no conocían, como que Allan y Paul tenían los mismos gustos musicales, o que Laki y Carden compartían su pasión por conducir botes. Incluso Angel pudo hablar, fuera del yugo de sus compañeras, mostrando su complacencia por ese dulce momento, y las ganas de que se repitiera alguna otra vez.
El sol los sorprendió a todos despiertos, sin una pizca de sueño, listos para encontrar el camino con el estomago vacío. Seguían riéndose de propios y ajenos, admitiendo haberla pasado genial. Con la vuelta a la realidad, vinieron las preguntas surgidas de ese mundo que dejaron atrás por un día, cuando se confundieron con monstruos que resultaron ser más amigos que las personas de diario. La primera de ellas fue de Lizzie.
—¿Por qué bailaban tan ridículamente alrededor de la fogata? ¿Estaban tomados?
—Por supuesto que no —dijo tajante, Wingen.
—Yo pude percibir cierto aliento alcohólico en ustedes —Shadow los delató.
—Les di un poco de vino que traía en un termo, pero no te preocupes porque sean ebrios —Vivas aceptó, en tono de guasa —. Ellos son tontos por naturaleza, solamente necesitaban algo que los dejara ser ellos.
Un poco alejados del grupo, iban charlando Riddick y Ferret. El primero estaba completamente conmovido por el hecho de que su amigo dejara sus deberes para ayudarlos, pese a que ellos le dieron la espalda, y hacía el máximo intento por hacerlo sentir bien, aunque al intelectual no le importaba, estaba convencido de haber hecho lo correcto.
—Pero no entiendes lo grande que has hecho, amigo. Dejaste tu trabajo por ayudarnos.
—Eso no es del todo cierto —lo miró con sorna —. Terminé el trabajo antes de salir de casa. Tendremos una calificación.
—¿Quiere decir que tendremos...? —ese gesto hizo aumentar la admiración a su amigo.
—Por supuesto. Tienen que vencer a este grupo de tramposos.
Allan estaba por reclamar el adjetivo dado, cuando salió corriendo, jalando al resto de su equipo como cuando llegara. Lo último que escucharon de él los hizo caer de la risa por última vez.
—¡Tenemos que terminar ese trabajo!

Claro de Luna Cap. 3

¡Hola! Luego de una semana y un día de ausencia, ha vuelto la historia del blog. Tuve algunos problemas para terminar este capítulo, puesto que iba a estar algo innecesariamente largo, por lo que apenas hoy, y aprovechando para publicarlo como entrada de lunes (sí, si los malditos burócratas encuentran un pretexto en el nacimiento del primer, único y último presidente indio de nuestra benemérita nación para no trabajar ¿Por qué yo no?). Sin mucho bombo y platillo, pero si algo de justificación barata, para variar, les presento el tercer capítulo de Claro de Luna, una historia sin un hilo argumental fuerte, escrita meramente para ser disfrutada y digerida por casi cualquier público (o eso creo yo, alguien sáqueme de mi error en caso contrario). Cabe destacar el hecho de que esta parte de la historia fue hecha especialmente para un fin algo macabro: una burla a mi manera para algunos videojuegos, en especial los de corte RPG. Sin más, espero que sea de su agrado.

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III: La Última Ilusión
El pequeño grupo de cuatro se conducía por el tenebroso terreno: una desierta llanura en la que ni la más ruda de las plantas podría florecer. El sol de mediodía azotaba sus rostros, sudados y llenos de pesadumbre y tierra por los combates pasados. La cabeza del grupo era un sujeto cubierto enteramente por una pesada túnica de tonos grises, que le cubría desde los pies hasta el rostro, distinguiéndose solamente las puntas de sus dedos sosteniendo un báculo finamente adornado con pedrería. A su lado iba lo que parecía ser un soldado, vestido completamente a la manera de los antiguos y honorables guerreros de un reino antiguo, con espada y escudo. Un poco detrás marchaba un mercenario, vestido con gruesos ropajes de piel y portando una polvosa pistola en la diestra, cubriendo su rostro del sol con un sombrero de ala ancha. Finalmente, al lado de éste venía un arquero de largos cabellos negros y vestiduras ligeras, cuya arma movía de un punto a otro, temeroso de un ataque sorpresa. Tenían horas vagando por ese paraje, luego de que recibieran indicaciones de un oráculo para marchar de su ciudad natal, Xartas, en búsqueda de un poderoso hechicero conocido como el “blanco”, que les daría indicaciones para cumplir su milenario destino. Pese a la emoción y al haber nacido para esa cruzada, estaban artos.
—¡Si vuelvo a ver a ese maldito oráculo, le partiré su ancestral cara en dos! — gritó el mercenario, disparando al cielo y pateando el suelo.
—Tranquilo, Paul, no creo que duremos mucho más en este desierto —lo calmó el encapuchado, poniendo su mano en el hombro de él.
—Wingen, eso dices tú porque esa capucha te cubre el sol. Yo me estoy asando vivo —se tiró al suelo, lanzando el sombrero lejos.
—Y si te quitas esa cosa, te vas a quemar peor —le advirtió el arquero, recogiéndolo y quitándole el polvo —. Según el mapa que nos dieron, estamos próximos a llegar a un pueblo.
—¿De verdad ustedes confían en el oráculo? He estado pensando en la posibilidad de que haya sido un engaño —el serio caballero rompió el silencio, clavando su espada en la árida tierra para descansar de su peso.
—No lo sé, pero no tenemos alternativa, así nos tocó vivir. No a cualquiera le dicen que está destinado a salvar al mundo —dijo, orgulloso, Wingen.
—Puede ser porque no a cualquiera lo encuentran vestido como un monje, a plena luz del día, y gratis —se burló el de largo cabello oscuro, al tiempo que intentaba ver algo en el horizonte que no fuera tierra.
—Falcon, tampoco es común encontrar chicos que parecen chicas, y que para colmo usan el cabello largo para ocultar sus enormes orejas —se vengó, liberando las carcajadas de los demás.
—Entiendo, entiendo —se limitó a decir el otro, suspirando —. Creo ver algo en la lejanía, como un pequeño poblado.
—Pues solamente lo sabremos si llegamos allá —sacando su arma del suelo, el caballero emprendió el camino, seguido de los demás.
Avanzaron por otro largo rato, hablando poco o nada para mantener la hidratación de sus gargantas en un nivel sano. Tal como Falcon dijo, un pequeño poblado se iba abriendo frente a ellos, mostrando una serie de pintorescas casitas de color café, bellamente adornadas por una que otra palmera y lo que parecía ser un pozo en el centro. Sus niveles de energía estaban bajos, y ese pequeño oasis era una clara salvación, o lo hubiera sido, de no haber sido por una pequeña intervención inesperada a sus espaldas. Escucharon una especie de cascos golpeando el suelo, seguidos de una carcajada, lo que les hizo volverse con sus respectivas armas en mano, para dar frente a una clara amenaza: un grupo de cinco jinetes, ataviados completamente en tonos oscuros, que reían a la vez de manera burlona. Sin hablar, los cuatro quedaron de acuerdo en dos cosas. La primera era que no estaban ahí por casualidad; y la segunda, que eran los villanos más clásicos que habían visto. Sin hablar, se lanzaron contra ellos haciendo gala de buena habilidad sobre sus equinos, siendo recibidos por flechas, balas y hechizos, mientras el noble caballero aprovechaba la distracción que causaban sus compañeros para blandir su espada contra uno de ellos, que cayó de bruces al suelo, sin poderse levantar. Esto provocó la ira del que iba al frente, seguramente el líder del grupo, que habló por primera vez.
—¡Maldito inepto! ¿Qué no puedes resistir un ataque tan simple? Debí haber conseguido mejores elementos.
—¿Quién rayos eres? ¿Por qué nos atacas? —Wingen intentó negociar con ellos, levantando su bastón en señal de paz.
—El hechicero negro, el amo y señor de esta tierra, para que no puedan llegar con su enemigo declarado, el hechicero “banco” —le respondió el jinete en tono ceremonial, pero algo pausado.
—¿No querrás decir “blanco”? —dijo Paul, intentando no reírse mientras hablaba.
—Lo que sea, el inepto que cree poder con mi señor, y que morirá antes de intentarlo —enfadado, arremetió contra el grupo nuevamente, seguido de sus acompañantes.
Repitieron el método defensivo, recibiendo esta vez un golpe el caballero al intentar derribar al líder, pero recuperándose al instante y atacando de nuevo, quedando prendado del caballo y forcejeando con su jinete, cayendo ambos sobre la tierra, sin poder moverse del cansancio. El resto siguió combatiendo, dejándolos a ambos a su suerte, intentando levantarse para tomar ventaja del otro. El jinete tomó la delantera, sacando su espada para asestar un golpe mortal, pero para ese entonces ya el caballero se encontraba erguido, avanzando con fiereza contra él. El empuje obtenido por la carrera le dio una ventaja, y logró desarmar al enemigo, tirándolo de nueva cuenta al piso y amenazando su yugular con el filo de la espada. Tal maniobra detuvo la batalla entre los bandos, e hizo que la atención se centrara en la conversación que los dos mantenían en esa amenazante posición.
—¿Qué interés tiene el hechicero negro en este mundo? —le acercaba el sable mientras hablaba, pero no mostraba emoción alguna.
—Es el ser más poderoso de este mundo, y reclama su gobierno y la muerte del único capaz de detenerlo, el hechicero blanco —su voz temblaba ante la inminente muerte.
—¿Dónde podemos encontrarlo? —puso el pie sobre su pecho, impidiéndole respirar cómodamente.
—Si los quiere ver, él los encontrará a ustedes… así es de poderoso —las ideas ya no transitaban con claridad en su cabeza.
—No le serviste a él, y no nos sirves a nosotros —ultimó el guerrero, al tiempo que lo pateaba y dejaba ahí, marchándose a donde sus compañeros para proseguir el viaje.
El arquero, el hechicero y el mercenario lo felicitaron por su valor, y pusieron camino al pueblo ya cercano, mientras el trío de jinetes ayudaba a su líder a incorporarse. No temían ser alcanzados, luego de haber demostrado su superioridad y la nula capacidad de ellos para defenderse. En el poblado estarían a salvo, podrían recargar energías y obtener noticias para llegar ante el hechicero blanco, quien probablemente les daría noticias sobre ese enemigo que se acababa de alzar en su contra y la del mundo: el hechicero negro. El pequeño lugar decía en la entrada “Lunertes” en un tablón de madera, y no pasaba de ser una decena de construcciones alrededor del ya vislumbrado pozo, con caminos de terracería y escasa flora, pero suficiente para dar sombra a un cuarteto de cansados viajeros. Asaltaron el pozo con salvajismo, peleando entre ellos para tomar la cubeta donde subía el vital líquido, llamando la atención de los lugareños, que los rodearon el poco tiempo, temerosos de una horda de bárbaros. El caballero se vio en la necesidad de dejar de forcejear un momento para excusarse él y a sus compañeros, esperando ser bien recibidos por un par de días.
—Somos un grupo de viajeros, hambrientos y cansados, que olvidaron sus modales por los días en el desierto —tragó saliva, saboreándose el agua que pasaba por su seco organismo —. Esperamos no haber causado demasiado alboroto, normalmente no somos así, pero las exigencias del viaje son…
—¡Ya cállate, Riddick! Deben de saber quienes somos —Paul, ya satisfecho, fue a “ayudarlo” a su manera —. Un grupo de cuatro chicos, enviados del oráculo de Xartas en busca del hechicero blanco.
El silencio fue suficiente para comprender su negativa, por lo que el mercenario dejó la pose de héroe para ceder la palabra a su compañero, que hacía mejor las labores de embajador. Respondió un par de preguntas de los lugareños acerca de su origen, del supuesto oráculo que los envió y del hechicero blanco, al que conocían como un legendario personaje, anterior a la creación del pueblo mismo. Un joven saltó de entre la multitud, quedando enfrente del caballero, encarándolo como si se tratara de un criminal.
—¿Cómo podemos confiar en ustedes? ¿Serían capaces de ayudar a este pueblo si sufriera un ataque durante su estadía? Otros personajes lo han hecho, y otros nos atacan diciendo ser héroes, ¿De qué manera se harán merecedores de nuestra confianza?
—No tengo una manera de demostrarlo, pero tenga por seguro que pagaremos nuestra estadía, traemos dinero con nosotros —sacó un pequeño saco de terciopelo azul, con un puñado de monedas doradas que les otorgara el oráculo para su viaje.
—Eso no será suficiente para pagar, pero tienen la intención de pagar, así que supongo que tengo un lugar en mi posada para ustedes, por lo menos esta noche —dijo, satisfecho, el joven, guiándolos a seguirlo a una de las chozas del lugar.
El lugar era cómodo, y alquilaron una habitación para descansar del viaje, encontrando en el posadero a un buen amigo, que les contó en el mostrador del pequeño Lunertes, fundado por él mismo tiempo atrás, a manera de paso para que los viajeros le dieran su dinero a cambio de un lugar donde reposar, pero luego de enterarse los forasteros, comenzaron a atacarlo frecuentemente, dejando al sitio sin provisiones para sobrevivir el largo y extenuante verano. Por ello habían dejado de tener fe en los viajeros, pero seguían necesitando de sus visitas para sobrevivir. El grupo estaba aburrido con su relato, pero tuvieron que escucharlo de cabo a rabo, puesto que no les entregó las llaves de la habitación hasta que hubo concluido. Una vez con ella, corrieron a encerrarse a descansar.
El caballero se deshizo de la armadura, que ya había dejado huella en su cuerpo. El hechicero se quitó la capucha, ya con el rostro sudado en exceso por tenerla puesta, y puso su bastón sobre la puerta para evitar que el posadero entrara a seguir hablando. El arquero dejó sus posesiones en el piso, arto de cargarlas, tal como el mercenario de su sombrero y pistola. Hasta entonces cayeron en un curioso pensamiento, viéndose los cuatro en un mismo cuarto, uno que precisamente constaba solamente de dos camas.
—¿Por qué un lugar tan concurrido tiene un hotel solamente con una habitación, que para colmo, es pequeña? —Paul no daba crédito.
—Yo que sé, así era también en los demás pueblos que hemos visitado. Supongo que es la moda —Falcon intentó calmarlo, mientras elegía el lado de la cama que más le gustaba.
Resignados, se recostaron de dos por cama, teniendo un descanso reparador que pareció transcurrir en pocos segundos. Cuando abrieron los ojos, era ya mediodía, la puerta de su habitación se encontraba abierta y el posadero los miraba con una enorme sonrisa. Casi saltaron de la cama con semejante primera visión, buscando lo más rápido posible sus armas y vestiduras, temiendo una traición del bizarro personaje. En lugar de ello, el hombre aguardó pacientemente a que se prepararan (pese a que lo hicieron endemoniadamente rápido), para luego decir el motivo de su visita matutina.
—Estuve pensando anoche sobre su aparición en este pueblo y en mi hotel, y he decidido que no les cobraré su estadía —. El grupo estaba por celebrar, cuando los detuvo con una mano y terminó de hablar —, si me permiten acompañarlos.
—Pero… ¿Para qué? —Paul no ocultaba su enfado nada más de pensarlo.
—Necesito ir a la ciudad de Abdulá por provisiones, y con el dinero que cargó a cuestas, es muy probable que sea asaltado en el camino. Pero no pasará si voy acompañado por un grupo de guerreros.
—Es lo menos que podemos hacer por habernos dejado estar aquí —tuvo que admitir Falcon.
—No tenemos alternativa, ¡Pero nos tiene que dar desayuno! —se resignó el mercenario, colocándose su sombrero de ala ancha.
Luego de un balanceado alimento, salieron de la posada y se encontraron con que el viaje no sería en pie. Frente a la posada se encontraba una carreta techada, jalada por un par de caballos enfadados, tal como los de los malvados jinetes que los recibieran en la entrada de Lunertes. Antes de que comenzaran a formularse hipótesis sobre su origen, el mercader aclaró que su posesión era debido a que un forajido llegó una vez con ellos a manera de pago, alegando habérselos quitado a un grupo de mediocres que intentaron detenerlo en su camino al poblado. Aliviados, subieron al transporte, dejando a Wingen adelante al lado del posadero, que tomó las riendas del vehículo y emprendió el camino, confiado de tenerlos, hacia el siguiente poblado.
Durante el trayecto, fue hablando de lo seguro que se sentía con ellos, de lo maravilloso que era ser un guerrero, y de lo mejor que pudiera ser la oportunidad de salvar al mundo, de ser visto por un oráculo para realizar algo grande en ese mundo inestable donde vivían. Su conocimiento de las funciones de los seres mitológicos fue otro motivo de duda para el grupo, que cada vez perdía más la confianza en su nuevo compañero, cuyo nombre se negaba a dar con cualquier excusa. Por eso, Wingen cuidaba que no saliera un peligro en el camino, y Falcon no dejaba de apuntar al chofer con su arco, como precaución. Desgraciadamente, por venir cuidándolo, descuidaron la retaguardia, y un grupo de jinetes les sorprendió de pronto, rasgando la carreta con sus espadas y liberando a los caballos. Wingen, Falcon y Paul intentaron hacer algo para detenerlos, logrando solamente que retrocedieran ya cuando los caballos habían emprendido la huida. El grupo de jinetes se posicionó frente a ellos, riendo nuevamente con sorna. Los cuatro guerreros se colocaron frente al mercader, que temblaba de miedo y se apretaba los bolsillos llenos de dinero duramente. El combate inició, y los disparos a distancia marcaron una diferencia importante, capaz de mermar al enemigo, que perdió a sus bestias de carga en poco tiempo y se vieron en la necesidad de enfrentarse a pie con aquellos a los que no se podían acercar. Solamente Riddick les hizo frente con su espada y escudo, derribándolos con suma facilidad y obligándolos a huir despavoridamente en la misma dirección de sus caballos. Los cuatro celebraban su victoria, ignorando por completo al molesto mercader que se sentía parte de ellos pese a no hacer nada, cuando descubrieron algo peor que los jinetes.
Frente a ellos se encontraba alguien, que a pesar de no haber visto nunca, supieron claramente su identidad. Vestido con una túnica oscura de cuerpo completo en tonos oscuros, destacando solamente una varita plateada en su mano derecha, no podía ser otro que el temido hechicero negro, el supuesto cabecilla de los jinetes y responsable del mal en esa tierra. Emprendiendo de nuevo la pose de batalla, los cuatro se lanzaron contra él, siendo recibidos por una muralla de fuego que los hizo devolverse, corriendo en círculos para deshacerse de las llamas que consumían sus cuerpos. Comprendieron que la racha de facilidades se había terminado, y que sería el mayor reto al que se enfrentarían jamás. Tomando de nuevo sus armas, apuntaron y decidieron esforzarse como nunca. Falcon tensó tres flechas juntas en su arco, al tiempo que Wingen levantaba una nube de polvo para invocar una llamarada de fuego que lanzaría; por su parte, Paul sacó otra pistola de su pantalón, y apuntó ambas al enemigo. Riddick aguardaba al ataque de sus compañeros para lanzarse luego él. Transcurrió un segundo en silencio, en el que oraron por salir victoriosos a su oráculo, y luego se desató su ira. El hechicero negro permaneció inerte todo ese tiempo, aguardando con las manos bajas y la varita apuntando al suelo, pero justo cuando vio la ola de ataques venir, levanto la diestra y recitó un conjuro en una lengua antigua, salvándose de una muerte segura, pero no del caballero que venía detrás con su espada en alto. Lo detuvo con la otra mano, causando una especie de fuerza expulsora que pugnaba por devolver a Riddick a su sitio, pero éste se resistía a ser empujado, entonces vieron un brillo inusual en su sable, y la fuerza del hechicero desapareció mágicamente, dejando que le asestara una estocada en el pecho, que rasgó su túnica. Felices, no podían dar crédito a lo que ocurría, cuando vieron detrás de ellos a una figura idéntica a la del hechicero negro, pero cuyos colores eran todos claros, y la varita negra. Él había sido el responsable de que Riddick acertara su ataque, y no podía ser otro que el responsable de su búsqueda, el mítico hechicero blanco.
—Señor, llevamos tiempo buscándolo —pese a la situación, Falcon intentó presentarse —. Somos los cuatro elegidos del oráculo de Xartas, y estamos para servirle.
—Yo los iba a encontrar, cuando yo deseara ver —dijo éste con un tono ceremonial —. Necesitaban primero fortalecerse como grupo y como personas, conocer el peligro que representaba el hechicero negro, y hacerlo aparecer, para que yo pudiera destruirlo.
—Ambos sabemos que eres más débil que yo —dijo el hechicero negro, riéndose secamente.
—Puede ser, pero tengo a mis cuatro elegidos conmigo, y nada podrá detenernos ahora de destruirte —levantando su varita, hizo que las armas de los cuatro guerreros resplandecieran.
Les dio la confianza para emprender un nuevo ataque, que resultó ser mucho más eficaz que el anterior. Esta vez los ataques no podían ser evitados por la magia de la varita blanca, y más de una vez los golpes acertaron en el oscuro cuerpo del hechicero, que seguía representando una fuerte amenaza con sus poderosos golpes de elementos. Se encontraba casi derrotado, pero permanecía como el más fuerte contrincante, utilizando todos sus artífices para no dejarse caer. Llegó un momento en el que ya no pudo más, y cayó al suelo, todavía sin entregarse a la derrota, como lo demostraba su mirada. El caballero estaba por asestar su golpe final, cuando fue golpeado por una flecha de misterioso proceder en el brazo, y tuvo que retroceder, dejando su espada en el camino. Sus compañeros lo rodearon, alcanzando a divisar, unos cuantos metros atrás, tres siluetas ante el ocaso. Conforme se fueron acercando, sus identidades fueron reveladas. Una de ellas era una arquera, de fino semblante y belleza radiante, cuyo cabello oscuro se encontraba recogido en una larga trenza que recorría enteramente su espalda, vistiendo solamente un corto vestido que, contra la lógica, ni el viento provocaba que dejara de cubrir las partes debidas. La otra era una guerrera con una armadura ligera, que dicho sea de paso, se asemejaba más a un traje de baño de metal que a una herramienta de defensa. Su cabello rubio caía graciosamente sobre la carcasa de acero, y empuñaba una espada con singular fiereza. La última era una hechicera india, de rasgos étnicos y cabello recogido, usando un vestido de piel de algún animal pintada de diversos colores. Hermosas las tres, pero definitivamente no eran refuerzos. Emprendieron la carrera hasta el hechicero negro, al que rodearon como protección. Éste se incorporó y rió cínicamente, usando su varita para fortalecer a sus nuevos refuerzos, al tiempo que veían llegar a lo lejos a los cuatro jinetes que enfrentaran anteriormente. Ahora se encontraban en total desventaja, pensando incluso en la rendición como alternativa para no morir.
—No hemos llegado tan lejos para dejarnos vencer —declaró Wingen, empuñando su bastón —. El oráculo nos eligió para este destino, y lo cumpliremos al pie de la letra.
—Tienes razón, estamos destinados a la grandeza —se exaltó Paul, sacando sus armas de fuego.
—Vamos a patearlos donde más les duela —confió Falcon, apuntándolos con su arco.
Los tres fueron al encuentro con el enemigo, mientras Riddick permanecía inmóvil, incapaz de apoyarlos sin su diestra. El hechicero blanco se le acercó, y realizó un conjuro inteligible que hizo brotar luz de su varita, cegándolos a todos. Cuando se disipó el brillo, el caballero pudo comprobar que se encontraba sano, y que su espada volvía a destellar con singular poder. Agradecido, fue a apoyar a sus amigos y al destino que les aguardaba, a pesar del grupo de jinetes y de las jóvenes guerreras, ante la mirada complacida de su mayor aliado. Pasaron los minutos en una feroz confrontación, donde a partes iguales quedaban heridos los guerreros blancos que los negros. Falcon había logrado apartarse con la hechicera india, y se encontraba peleando cuerpo a cuerpo, utilizando sus flechas como dagas y proyectiles a la vez. Por su parte, Riddick se hacía cargo de dos jinetes al mismo tiempo, apoyado por Wingen, que dividía su atención entre eso y los otros dos. Paul guerreaba con la arquera y la guerrera, criticando cada que podía su manera de atacar y falta de feminidad, argumentando que no eran más que productos de mercancía barata para atraer a las chicas a participar en enseres masculinos.
—Esos ni siquiera son golpes —se mofaba una y otra vez, de ambas a partes iguales —. En lugar de arco, deberías traer un espejo. No sabes de lo que se trata esto. ¿En verdad puedes correr con tacones?
—¡Cállate! ¡Cállate, maldito engreído! —chillaba la arquera, mientras lanzaba a diestra y siniestra sus armas contra él.
Llegó un momento en que la ventaja numérica se hizo notar, y lograron derribar, uno por uno, al grupo. Los hicieron reunirse en un círculo que rodearon, y riendo los apuntaron con sus armas, listos para el golpe final. Por su mente pasaban ideas y formas de zafarse rápidamente, pero ninguna posible. Paul solamente fue capaz de pensar en voz alta —eso nos pasa por hacerle caso al destino —, antes de escuchar un fuerte golpe. Se trataba de una distracción lejana, que atrajo las miradas de sus enemigos y las suyas hacía un grupo lejano, que avanzaba a paso veloz por una ladera gritando como locos. Al frente alcanzaron a ver a un payaso, y tras él un grupo de fenómenos de circo, montados en animales disfrazados y realizando toda clase de locuras, desde ir parados sobre las manos en un caballo, hasta tocar en la trompeta una canción circense conforme se acercaban. Wingen y compañía tuvieron más miedo que antes, hasta que vieron que estaban ahí para ayudarlos, atacando a quienes los tenían rodeados con una serie de armas cómicas. El payaso fue a su encuentro, y les extendió la mano como saludo.
—Muchas gracias por la ayuda, amigo —Falcon intentó ser amable.
—He sido convocado también por el oráculo de Xartas —a pesar de su aspecto sandunguero, hablaba cortésmente —. He viajado por el mundo con mi circo móvil para buscarlos y cumplir nuestro destino.
—Pues henos aquí, con destino y todo —se burló Paul, tomando las armas para apoyar a los fenómenos en su batalla.
La pelea se tornó en un caos, y pronto sucumbieron los elementos del hechicero negro en manos de la multitud. Los jinetes huyeron despavoridos, y las mujeres fueron apresadas por un grupo de payasos obesos. Solamente quedaba el líder, al que encararon solamente los cinco. Estaban por atacarlo, cuando escucharon por primera vez hablar a su mortal enemigo.
—Está bien, me rindo —su voz no era para nada oscura, sino más bien jovial. El hechicero blanco fue hasta él, estrechando su mano y aceptando su derrota, ante la mirada sorprendida de todos los presentes, incluyendo a las chicas.
—Rendición aceptada, amigo mío. Ahora a pagar tu deuda —escucharon un dejo de comicidad en su voz, provocando todavía más curiosidad.
—Lo acepto: tú eres el mejor personaje de este mundo. Yo me retiro —dijo solemnemente el vencido, antes de desvanecerse en el aire.
—Era todo lo que tenía que escuchar —al igual, se desvaneció ante ya un escenario sembrado en la duda.
—Estoy arto de esto, me siento utilizado —Paul lanzó sus armas al suelo, y se desvaneció también.
—Supongo que cumplimos nuestro destino... cualquiera que haya sido —Falcon lo imitó, borrándose del campo en un respiro.
—Suficiente tiempo de diversión —Wingen, con una enorme sonrisa, se despidió de los presentes mientras se transparentaba su cuerpo.
—Ni hablar, así nos tocó jugar —Riddick habló para sí mismo, borrándose.
—Estos chicos, luego dicen que nosotros somos los extraños —rió el payaso, causando la burla general de su gente —. Bueno señores, fue un placer trabajar con ustedes, espero encontrarlos pronto —. Realizó una maroma en reversa, mientras desaparecería.
—Espero que nadie se entere de esto —habló la arquera, liberándose de los brazos del comediante obeso —. Me largo para no volver —. En un respingo, se fue.
—Definitivamente, Lizzie no sabe divertirse cuando pierde —dijo la hechicera india a la chica restante.
—Lo sé, Shadow. Yo sabía que nos vencerían. Nunca jugamos a estas cosas —la guerrera se sentó a recuperar energías en el suelo.
—Cuando Albert nos pidió de favor ayudarlo a vencer a Ferret en la apuesta de este mugroso juego en línea, yo no pensé que estarían metidos tantos de nuestros compañeros en medio —admitió, cansada, la chica.
—Como sea, ya me duelen los ojos de estar frente a la computadora, ¿Te parece si hablamos mañana en la escuela?
—Está bien —Con un guiño mutuo, las chica se desvanecieron.
Cada uno en sus hogares apagó su equipo de cómputo, cansados de haber metido tanto tiempo en una apuesta que Falcon y sus amigos desconocían, pues solamente Albert había dicho a sus elementos la verdad: él y Ferret, asiduos jugadores de La Última Ilusión, un famoso videojuego, habían realizado una apuesta para decidir quién era el mejor jugador. Pelearían en una guerra, donde ninguno podía atacar al otro, utilizando a otros jugadores para vencer al contrario. Pese a hacer trampa, el moreno fue vencido, por lo que tuvo que retirarse del juego. Con lo que no contaba, es que luego de esa aventura, todos lo harían, artos de invertir su tiempo en un mundo donde imitaban héroes y leyendas, desgastándose para salvar lo inexistente.

Claro de Luna Cap. 2


II: Lo Que Da Sentido Al Vivir
El alumnado completo reunido en torno a un pequeño grupo de personas, con el sol despuntando el medio día y uno que otro curioso gritando sandeces al aire. Ese cúmulo era el grupo de Falcon, muy conocidos en la escuela por revoltosos, y otros jóvenes menos identificados. Entre los murmullos cualquiera podía identificar la situación, pues unos comentaban los partidos de soccer que ambos equipos se disputaban cada vez que había tiempo libre; otros decían que había algo importante en juego, y otros más aseguraban que entre ellos se encontraban los futuros miembros de la selección nacional. Por cualquier motivo, el nerviosismo emanaba al sentir tantas miradas encima los azotaba, y no sabían si reír o llorar, por lo que solamente atinaban a preguntarse unos a otros lo mismo.
—¿Cómo terminamos metidos en esto? — repitió Wingen a Paul, al tiempo que se abrochaba los tenis y repasaba al público.
—Spine, como tantas otras veces, nos ha metido en uno de sus asuntos, pero no se lo digas a nadie —expresó el rubio. Su semblante tranquilo denotaba que le gustaba sentirse observado.
—¿Listos para el partido de sus vidas? —llegó el mencionado moreno, luciendo un lustroso traje deportivo en tonos oscuros, emanando confianza —El grupo de Allan no sabe con quienes se metieron.
—No entiendo porque ahora es tan importante el partido, si jugamos todos los días —Riddick se limpió el sudor de la frente, obviamente afectado por la multitud —. Les ganamos a diario, y nunca viene a vernos nadie.
—Hoy es distinto, amigo mío —Albert se tomó la libertad de abrazarlo —. Hoy Carter y yo estamos jugando una cuestión de honor en este partido, por lo que les pido que den su mejor esfuerzo —vio a su equipo completo, luego una gota de sudor frío recorrió su cabeza —. ¿Dónde está Vivas?
Era bien sabido por todos que el chico Ixcen era el mejor jugador de la escuela, y posiblemente de la región. También solía faltar cada vez que una chica linda le guiñaba un ojo en los corredores o que surgía la invitación para ir a “pasear” a la parte trasera de los salones. El moreno temía que su mejor elemento no acudiera en esa ocasión, aunque se negaba a explicar el motivo que convertía esa situación común en un evento tan grande. A escasos minutos de comenzar el partido, salió corriendo en pos de Vivas. Prácticamente coordinado a ello, se apareció el joven, acompañado de Falcon y de una guapa rubia de ojos verdes, a la que tomaba de la mano con naturalidad. Sus amigos no pudieron más que reírse.
—Albert acaba de salir a buscarte como loco —se burló Paul, sin poder apartar la mirada de la chica.
—Por eso mismo vengo del otro lado —el confiado Ixcen soltó a la joven, y le dijo con un dejo de desprecio —. Vete a ver de lejos como hago magia en este campo.
La chica asintió con la cabeza, y felizmente fue a perderse entre el barullo, ante la mirada atónita de los presentes, que seguían sin entender el encanto natural de su amigo. Falcon, que lo acompañaba sin hablar, se agachó para estirarse, burlándose en silencio por la idolatría que le guardaban Paul y Wingen a Vivas. Aparte de ello, tenía una fuerte preocupación que no le dejaba en paz: la apuesta de Albert y Allan. Estaba por confesarla, cuando fue interrumpido por el par de discípulos de seductor.
—¿Esa hermosura es tu novia? —Wingen no daba crédito.
—Por hoy… o hasta que salga algo mejor —habló indiferente, levantando sus manos para estirar los músculos —. En este momento tenemos algo más importante que hacer, y es aplastar al equipo de Allan, y darle una lección a Albert.
—¿Por qué? ¿Le sabes algo? —se extrañó Riddick.
—La amiga de Vivas nos dijo de la apuesta que están haciendo él y Allan alrededor de este juego… es sobre Marian —admitió Falcon, sin poder ocultar su molestia.
—Ahora entiendo todo —se mofó el rubio, abrazando al de cabellos grises —. ¿Así que estás celoso de no haber entrado en la apuesta por tu dama?
—¡Por supuesto que no! No me importa lo que esos fracasados hagan o no —se excusó rápidamente éste, dándole la espalda para acabar con el tema.
Del otro lado del campo, el joven Allan Carter se colocaba su habitual pañuelo de capitán en la cabeza, amarrado a modo de que detuviera sus largos mechones. Sonreía confiado, esperando que el enemigo estuviera atenido a los resultados pasados y no tomara precauciones. Sus compañeros de todos los días lo secundaban, entre ellos sus mejores amigos: Laki, un joven defensor de gran altura y poco miedo al peligro; Bencor, un chico tímido que perdía los estribos en juego, convirtiéndose en un severo dolor de cabeza para los atacantes; y Deray, un pequeño chico de gran velocidad que solía encontrarse en la ofensiva todo el tiempo, así estuviera desatado un caos en su zona. Ellos, a pesar de su habilidad, no habían sido suficientes para enfrentar a Albert y compañía, por lo que ese día tenía un par de refuerzos secretos para asegurar su victoria. El primero de ellos era llamado Nerem, y se trataba de un talento en bruto, más hábil que el mismo Vivas; se lo encontró por casualidad un día jugando sólo, y no dudo en reclutarlo; al parecer era demasiado serio para unírseles por gusto, pero bajo invitación, aceptó inmediatamente. El segundo era un moreno de otro grupo, veloz como Deray y rápido como Bencor, que parecía tener un particular odio contra Albert, lo que lo convertía en un buen aliado en esa guerra; su nombre era Josh, y era en aquel entonces el mejor amigo de Marian, un punto extra para cuando hubiera cumplido su meta y tuviera el camino libre. A punto de empezar, trajo a su memoria el momento que había desatado ese escenario tan caótico.
Un día, luego de otra partida diaria, y ya cuando todos se habían ido, dio la casualidad que se encontraran ambos solos. Años atrás habían sido buenos amigos, por lo que comenzaron a charlar tranquilamente; todo marchaba bien, hasta que Albert comenzó a burlarse de su serie de derrotas, luego se puso a hacer alarde de sus triunfos en la política estudiantil y en toda clase de competencias físicas e intelectuales. Esperaba encontrar un rastro de aquella vieja amistad, pero no hubo ni la más mínima pizca de empatía. Sumamente molesto porque, el que un día fuera su mejor amigo, se convirtiera en ese ser insoportable, no encontraba las palabras para hacerlo callar y marcharse. La gota que derramó el vaso vino cuando mencionó a Marian, la mujer que ambos pretendieran.
—… pero no importan todas las demás victorias, me conformo con que Marian se quede conmigo… o con alguien más que no seas tú.
En ese momento hirvió su sangre, y solamente atinó a pactar una apuesta: el todo por el todo. Sin un ayer ni un mañana, ese día se decidiría aquel que pretendería a la heredera Von Perr, pero más que eso, quien era mejor que el otro. Podía no haber logrado tanto como el otro, pero estaba seguro que era capaz de llegar más lejos que él.
Tal vez por tanto mencionar su nombre, pero entre el tumulto, Marian no se sentía a gusto con la situación. Desconocía que el teatro estaba montado en su honor, pero algo en su intuición no la dejaba estar en paz, pidiendo repetidas ocasiones a su amiga, una agradable rubia llamada Amy, dejar el lugar. La otra se encontraba encantada, mirando las piernas de los jugadores entre suspiros, intentando callar a su amiga con cualquier excusa, como que se debe acudir a los eventos estudiantiles o que no iba a haber nada más interesante en todo el mes. Resignada, aceptó sentarse en una banca cercana a observar el partido de un deporte del que desconocía las reglas. Miró a Albert y a Allan, y recordó los vanos intentos de ambos por ganarse un espacio en su corazón. Éste último había sido tan burdo como para robarle un beso en una simple charla de amigos, y no se atrevía a mirarlo a los ojos desde entonces, con una mezcla de vergüenza y sutil desprecio. El otro le hablaba en cada ocasión que se topaban en la escuela, manteniendo larguísimas charlas alrededor de un mismo tema: su persona. Detestaba que Albert solamente pensara en sí mismo, o que eso diera a entender. Pensó en lo curioso de que fueran rivales en ese juego, y buscó en ello un pretexto para interesarse.
Un golpeteo en su espalda le robó su distracción, y volteó de súbito. Se trataba del presidente del consejo estudiantil, el pelirrojo Carden, que con una enorme sonrisa se sentó a su lado, y le mostró una carpeta que cargaba bajo el brazo, abriéndola y colocándosela sobre las piernas. Extrañada, solamente pudo preguntar de lo que se trataba.
—Este es un partido muy importante, y las apuestas están como nunca, ¿Te sientes con suerte?
—¿Estás haciendo apuestas del partido? —interrumpió Amy, arrebatando la carpeta de las manos de su amiga, que la miraba con curiosidad.
—No todos los días se ve que ambos equipos jugarán con tanta fiereza. Hoy hay más en juego que una burla, y eso ha levantado intereses en los alumnos…
—¿Qué clase de intereses? —intrigada, la rubia anotó su nombre en la carpeta, a favor del equipo de Vivas, a sabiendas que ganaban siempre.
—No soy la persona indicada para decirlo —intentó hacerse el interesante, poniéndose de pie, tomó su carpeta y se la ofreció a Marian —, ¿Tú no piensas arriesgar una pequeña parte de tu fortuna?
—No soy partidaria del azar —se encogió de hombros.
—Pensé que harías una apuesta, después de todo, eres la causante —dando media vuelta, se marchó riendo, dejando a las chicas con la duda.
Confundida, miró de nuevo a sus dos pretendientes, y tuvo la fugaz idea de que su vago pensamiento de casualidad no estaba distante de ser real. Si fuese cierto, estaba siendo considerada un objeto. Nuevamente la invadió el impulso de marcharse, pero Amy, que también tuvo esa preocupación, le pidió permanecer, a espera de alguna pista que aclarara la situación. La pista no tardó mucho. Un grupo de cuatro jóvenes se sentó alrededor de ellas a los pocos minutos, y, al reconocerlas, supo que no se trataban de simples espectadoras. Las cuatro estrellas de la escuela solían hacer cada acto de presencia con una intención, aparte de ser bien conocida su estrategia de rodear a las presas. Araly a la izquierda, Angel a la derecha, Shadow debajo y Lizzie encima; no había manera de huir al interrogatorio que les esperaba. Fingiendo demencia, sintieron a la joven líder del grupo abrazarlas con naturalidad sin dejar de mirar al campo, susurrando en sus oídos un “hola” que sonaba más hipócrita que el de un político. Antes de que siguiera, Amy, que no le guardaba el respeto de los demás, la encaró.
—¿Algún motivo en especial para que te dignes a hablarnos?
—Ahora que lo mencionas, querida, sí, hay uno —de un ágil salto se sentó en medio de ambas, alcanzando a cubrirse con una mano la traición del aire sobre su corta falda —. Un pajarito me dijo que este juego se debe a una apuesta, y quiero que me lo confirmen ustedes.
—¿Y nosotras cómo podríamos saber eso? Al único que conocemos de todos es a Albert, y no es precisamente de nuestro agrado —acercó su cara, claramente molesta, a la de ella.
—¡Deja de mentir! Mi asunto ni siquiera es contigo —dándole vilmente la espalda, se volvió a la callada del otro lado —. Tú tienes que decirme: ¿Es cierto que este juego es por ti?
—No lo sé, ni me interesa —hizo el intento de parecerse a su amiga, pero su voz se quebraba.
—Y si así fuera, ¿A ti que te importa, Lizzie? —la rubia la hizo voltear.
—Hay un chico ahí que me interesa, y no puedo permitir que se esté disputando a otra chica en una partida de salvajes —se atrevió a admitir su interés —. Paul decía amarme antes, y sé que todavía lo está, solamente que está entretenido queriendo besar sapos.
—¿Y ese quién diablos es? En mi vida he escuchado de él —se quejó Amy —. Te puedo asegurar que a mi amiga no le interesa tu don nadie, así que déjanos en paz.
—Dejaré de hablarte, simplemente porque no me eres más de utilidad —haciendo una señal, sus achichicles se pararon junto con ella, y emprendieron el camino a unos asientos que les tuviera Carden reservados frente al campo.
Un fuerte silbido indicó a la multitud que el partido iniciaba, y con él las emociones. Todos los que habían dado dinero a Carden en apuesta oprimían los puños cada vez que su favorito tomaba el esférico e intentaba anotar. La atención iba de un lado a otro sin que ocurriera nada relevante, excepto la sorpresa del equipo de Albert al notar la estupenda habilidad del callado Nerem, al que Paul se atrevió a decir que provenía de otra escuela, puesto que nunca lo había visto. Josh también fue una carta fuerte a tomar, lo que niveló las cosas al grado de que los minutos transcurrían y ni siquiera las efectivas combinaciones de Vivas, Paul, Wingen y Albert eran capaces de traspasar la defensa. Falcon y Riddick se disputaban enemigos en la defensa de su lado, haciendo todo lo posible por mantener a raya a Allan, Josh y Bencor, a sabiendas de que su guardameta no era nada experimentado: el intelectual Ferret, cubriendo la incapacidad del verdadero, que se rompiera una pierna intentando entrar a la escuela en deshoras por uno de los altos muros. Casi llegado el medio tiempo, vino la tragedia: Allan consiguió pasar a Falcon, teniendo una oportunidad clara que no desaprovechó para anotar. Metiendo la pelota con Ferret incluido, consiguió la primera anotación para su equipo, celebrando con su equipo como si hubiera ganado una copa mundial. La euforia no le hizo medir sus palabras, yendo hasta su ex amigo a gritarle en la cara.
—¡Esto es por Marian, inepto! Tendrás que dejarme el camino libre.
Escuchada por el mundo entero, los comentarios estallaron en todas direcciones, señalando a la joven sentada metros atrás, que no podía ocultar su incomodidad pese a la repetida frase de su amiga “no pasa nada, así son los hombres”. El partido arrancó de nuevo, y pareció calmar los humos, pero no completamente, pues Carden fue hasta ambas chicas con su habitual exceso de intimidad.
—Deberías de darle unas cuantas porras a Albert, a ver si el partido se pone emocionante…
El rostro enrojecido de Marian no tenía la más mínima muestra de vergüenza. Estaba invadida por el coraje, pero era incapaz de demostrarlo de cualquier manera. Amy solía ser su transmisor de sentimientos, y esa no sería la excepción. Tomando aire y valor, la rubia se puso de pie y gritó con todas sus fuerzas, al grado que el mismo partido se detuvo ante su orden.
—¡¡¡Detengan esta farsa!!! —no hubo presente que no la mirara al instante —¿Con qué derecho se atreven a apostar a mi amiga en un juego, bola de salvajes?
—No sé de que estás hablando, chava, esto no es más que lo de todos los días —dijo, confundido, Laki.
—No mientan, ¿Por qué sino estaría la escuela completa aquí?
—No te metas, Laki, esto es asunto de grandes —Allan se adelantó, creyéndose dueño de la situación —. No tiene nada de malo arreglar las cosas a la antigua, comotellames.
—¡Mi nombre es Amy! —estalló furiosa —Parecen niños egoístas, ¿Qué nadie pensó en lo que Marian sentiría al verse como trofeo de su jueguito?
—Espera un momento, güerita —Albert dio un paso al frente, en modo diplomático —.Hemos obrado mal Allan y yo al hacer esto sin consultarte —sonaba arrepentido, aunque cualquiera que lo conociera sabría el verdadero motivo —. Marian, si deseas que esto se detenga en este instante, solamente tienes que pedirlo.
—Sería lo más indicado —atinó a decir con su casi inaudible voz.
—Bien, hemos terminado amigos, es todo —ultimó el moreno, ante la bulla general.
Comenzaba la gente a marcharse, cuando se escuchó otro grito femenino entre la multitud, haciéndolos volver al instante, ya intrigados por lo que había detrás del telón del espectáculo al que acudían con morbo. Se trataba de la archiconocida Lizzie, montada sobre una banca y sostenida por sus tres ayudantes.
—Albert, entonces, ¿Este problema era entre Allan y tú?
—Así es, mi estimada —habló como si se dirigiera a una damisela antigua.
—En ese caso, no veo el motivo por el que sus equipos puedan terminar el partido, al menos para que podamos disfrutar de lo que ya había empezado.
—Me parece perfecto —dijo emocionado, abrazando a Allan y llevándoselo fuera del campo, al tiempo que le susurraba al oído —. Ahora la apuesta está en manos de nuestros amigos.
Asintiendo, se sentaron junto con el grupo de chicas populares. El juego se reanudó como si nada hubiera ocurrido. En la zona de defensa, Falcon y Riddick charlaban de lo ocurrido mientras la acción se desataba en el otro extremo. Antes, uno estaba triste porque el destino de su amada se encontrara en manos de otros dos, pero ahora que estaban supuestamente eliminados del juego sentía que su oportunidad salía como por fuerza del destino, pero el otro le decía, indiferente, que eso no serviría de nada, y que mientras no pudiera hablarle las cosas marcharían exactamente iguales.
—Puede ser, pero por primera vez Marian está poniendo atención al juego, es mi oportunidad de brillar —alegó Falcon, cuidándola de reojo, esperando ser visto.
—Bien sabes que las personas se interesan solamente en los que meten goles. Casi nadie aprecia a un defensa —su cruda manera de ver la realidad casi dolía.
—Hay una manera de cambiar eso —Ferret, que escuchó desde la portería, tenía una idea —. Ambos equipos perdieron un delantero, así que es un buen momento para que el equipo entero ataque. Ve y lúcete, Falcon, nada más vuelve pronto.
El chico movió la cabeza afirmativamente, y corrió a la zona alta para hacer su mejor intento. Muchos lo vieron correr, dirigirse justo contra Bencor, que recién recuperaba el esférico para su equipo, y quitárselo en un arranque sorpresivo que levantó la emoción del público entero. Más de uno se puso de pie cuando lo vieron acercarse a la portería, y no quedó uno sentado cuando lo vieron disparar. Dentro de su arranque de adrenalina, Falcon no supo el resultado de su esfuerzo, pues la potencia de su disparo le hizo perder el equilibrio y caer estrepitosamente al suelo. Pero al abrir los ojos y ponerse de pie, vio la pelota en la portería y a su equipo celebrando, por lo que se paró de inmediato y fue a unirse a un abrazo grupal. Orgulloso de sí mismo, volvió a la defensa y permaneció ahí hasta el final del partido, que culminó con un digno empate que no dio nada para nadie, excepto una profunda satisfacción en los que dieron su alma en un juego que amaban, por nada más que el placer mismo.
Albert y Allan quedaron charlando conforme la gente se iba marchando, quedando en pactar un nuevo partido cuando los humos se hubieran calmado. Falcon y sus amigos corrían y saltaban felices, pensando en que el próximo día les ganarían fácilmente, luego de haber analizado el modo de jugar de Nerem y a sabiendas de que Josh no volvería a hacer equipo con esos perdedores. Escucharon, conforme se alejaba, sus verdaderas intenciones: lo había hecho para que Allan no ganara, puesto que Marian lo detestaba por aquel beso robado. Entre carcajadas, comentaban mientras se dirigían al salón, como acostumbraban al final de cada día, cuando ya todos se habían marchado en búsqueda de sus útiles para irse a casa.
—¡No puedo creer que te hayas atrevido a salir de la defensa, Falcon! —abrazó orgulloso Wingen a su amigo.
—Yo tampoco, fue un desplante de adrenalina —suspiró el chico, mirando la banca vacía donde estuviera minutos atrás Marian.
—Necesitamos más de esos —sonrió Riddick, complacido.
—Ahora, a celebrar que la suerte le dio una patada en el trasero a ese par de negros —se rió Paul, cambiando su mueca inmediatamente al notar que se acercaban cuatro siluetas femeninas.
Tal como pensaban, se trataba de Lizzie y compañía. Maquilladas con perfectas sonrisas, les dieron un célebre abrazo a cada uno y les pidieron defender el honor de su grupo con orgullo cada día. Sabían que se trataba de una máscara, y la verdad relució inmediatamente cuando Lizzie extendió sus brazos ante el rubio y le dio un fuerte beso en la mejilla.
—Me da tanto gusto que no hayas sido tú el interesado en la insípida chiquilla.
—¡Mira, me habla mi perro! —gritó el rubio, corriendo al salón para tomar su mochila y desaparecerse de la escena lo antes posible.
Las chicas salieron detrás de él, y los demás siguieron caminando tranquilamente detrás. Un tumulto de personas corriendo tras un chico los hizo detenerse a la mitad. Se trataba de Carden, perseguido por aquellos inconformes con la apuesta que nadie ganó, y cuyo dinero no fue devuelto. El pelirrojo pedía auxilio, pero solamente recibió carcajadas por parte de los chicos. Solamente Falcon no se reía, todavía perdido en sus pensamientos, y más que nada, en la satisfacción de haber hecho algo ante esos ojos, dueños de su alma. Wingen y Vivas permanecieron mirándolo un momento, hasta que el primero se atrevió a decir en voz baja.
—¿Le vas a decir que tú fuiste el que metió el gol?
—No… lo prefiero feliz —sonrió el joven Ixcen, abrazando a su amigo para irse de una vez.