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Nostalgia Cap. 18 (Final)

Bien, hoy llegamos al final de la algo corta serie de los viernes (que, como hoy, no siempre era publicada en tal día... detalles). Veo como un buen comienzo el publicar esta novela, ya que representa para mí más que muchos otros escritos que he hecho por obligación o para pasar el rato. Es la puerta a leer Aries, pero también cuenta una propia historia por su parte, si la vemos de otra manera. Espero que la hayan disfrutado un poco, que algo de lo que yo sentí al realizarlo se haya traspasado a ustedes. Este es el capítulo final de la historia, pero recuerden que es en realidad sólo el principio. Corto, pero sienta las bases de lo que viene.
XVIII: Otro Comienzo.
Un sobresalto lo tiró de su cómoda posición. Estaba por amanecer, y los recuerdos seguían tan frescos. Tenía el sudor seco en todo su cuerpo, pero habían mejores cosas en que pensar que el aseo personal. El haber vivido de nuevo aquellos instantes, le daba la inspiración para continuar con aquello que se fijó.
El sol se abría paso entre las montañas, y todavía su cuerpo no proyectaba sombra alguna. Se puso de pie, aspirando el fresco aire de las alturas, y pensando en todo lo que se diría en torno a él, cuando se corriera la voz de sus acciones.
—Todo en nombre de un pasado inexistente —pronunció en voz alta. Todo ese futuro que le esperaba, tan brillante y oscuro a la vez, estaba al alcance de su mano. Estaba previsto de todo lo que pudiera pasar mal. Nada podía ser más fácil.
Sonrió, y su mejilla chocó con algo extraño: una lágrima seca. Dentro de sus recuerdos borrosos, el dolor lo había dañado en sobremanera, cosa que no imaginaba. Era un nuevo comienzo para él, y para todo aquel que estaba implicado dentro de su historia.
A su mente vino el diario, aquel instrumento para escribir una obra, y usar a terceros como actores secundarios sin su autorización. No iba a cometer un error tan frío, no sin antes encontrarle un verdadero sentido, aquel que posiblemente le encontró el Falcon de sus sueños. El que salvó a Marian de morir en el último segundo, entregando su vida a una calma que compartió con aquellos que amaba y odiaba a la vez.
Había tantas cosas en la balanza, y una oportunidad para probar suerte. Sus antiguos amigos eran sus enemigos, todo el mundo lo era. Pero cuando un soñador se alza en pos de una estrella, ni el mismo sol lo quema.
En su despacho, Destiny previó algo inusual, el movimiento del enemigo. Era momento de abrir la partida con una jugada especial, algo que no esperara el contrincante. Afortunadamente ya tenía una idea, el giro del primer engrane.
Paul, Wingen, Riddick, Albert, Lizzie, Araly, Shadow, Angel, Allan, Carden, Chaos, Vientus, Caesar. Todos podían sentir algo extraño en el aire, más todavía cuando cada uno tuvo la misma visita de Vientus que tuvieron Sother y Jack.
Marian, en su hogar, sentía una ligera punzada en el pecho. Veía lo nublado del cielo, y no podía dejar de pensar en unos extraños sueños que tenía sobre un mundo oxidado por las lágrimas, de personas tristes caminando por un mundo gris. Entre la niebla, una figura se posaba como el responsable, pero su profundo sopor lo convertía en sirviente de sí mismo.
—Las piezas comienzan a moverse, las variables cambian. Era de Aries ¿Qué nos deparas? —pensó Destiny fugazmente, antes de irrumpir Vientus sin avisar en la oficina.
—Señor, todo está listo.
—Bien, estamos ante un nuevo comienzo, mi estimado discípulo, hemos de ver si somos dignos de la nueva era.
Una mueca preocupada de Vientus fue la respuesta. Falcon, una sola persona, tenía el peso de modificar la historia, a sabiendas de ello estaba actuando, y así mismo estaban a punto de encararlo.
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Tengo esperanza en que al menos una sonrisa puedan esbozar al terminar de leerlo. Ahora, pasemos a lo siguiente dentro del blog. Supongo que han notado ya la carencia del escrito de fin de semana en la fecha señalada, y aunque es algo que podría hacer, se me dificulta enormemente debido a los deberes surgidos en este nuevo semestre. Cansado de mentirles y mentirme con que lo lograré, he decidido hacer un pequeño cambio en la programación de las publicaciones. Lunes y miércoles se encontrarán con los escritos habituales (críticas, pensamientos, desvaríos varios y uno que otro poema o cuento), pero el nuevo escrito será publicado los jueves, día que tengo comúnmente libre y en el que puedo hacerlo sin dificultad alguna. Así lo podrán tener disponible el viernes cuando gusten, ¿No es mucho mejor?
Pero Nostalgia ha terminado, por lo que es tiempo de dar a conocer a su sucesor. Como cualquiera que conoce mi faceta de escritor se imaginará, es algo dentro del mismo universo, y de hecho la mayoría de los mismos personajes vuelve en una nueva historia, pero con un giro algo diferente, y mejor todavía, mucho más digerible creo yo. Viene siendo la precuela de Nostalgia, una historia nueva, creada especialmente para el blog, y que, debido a ello, he decidido llamar como él (pero traducido, claro está). Así que, sin más, este jueves les presentaré el primer capítulo de Claro de Luna, una nueva historia de Falcon y sus amigos, a la que se le dedicará una entrada especial, a fin de servir de digna pauta entre Nostalgia y este nuevo proyecto que, espero sea de su agrado.
Me despido, vuelvo más tarde con la entrada habitual de los lunes.

Nostalgia Cap. 17

XVII: Todavía En El Agua.
Esa mirada ya la había sentido con anterioridad, pero nunca tan profundamente clavada en su cuerpo. Ese infinito odio que transmitía, la mueca torcida al extremo, ninguna máquina podía fingir sensaciones tan profundas.
—No puedo creer que te hayas dignado a aparecer de nuevo, luego de lo que viste que ocurrió —dijo Falcon en un tono furioso —¡No debiste haber regresado nunca!
—Tú mismo sabes que estás sosteniendo un error, pero no te atreves a dar marcha atrás— le respondió con serena indiferencia —lo ocurrido aquella vez fue planeado, no esperaba que las cosas llegaran a este extremo.
Los días habían pasado vertiginosamente. Los irrecordables sucesos, con sus debidas cicatrices permanentes para el alma, no podrían ser superados más que con la más lógica consecuencia.
Ya todos se encontraban derrotados, resignados a la voluntad de aquel que hoy se regía como dueño de sus existencias, a ser tratados como viles animales, a morir en el letargo de un dolor inmenso. Todos excepto una, que todavía miraba a su captor con una profunda lástima, y con el misterio que siempre la caracterizó.
Frente a la maquiavélica estructura esa noche se encontraba él, el autoproclamado amo de la nueva era, cara a cara con aquel extraño sujeto. El único que luego de la serie de intentos fallidos por el rescate se atreviera a lanzar el desafío. Muy pocos se dignaban a mirar la escena, resignados a olvidarse de toda posibilidad por encontrar esperanza, en volver a sentir la brisa fresca, en ser de nuevo tratados como humanos.
—Mira lo que has hecho con estas criaturas, no has logrado medir el límite de tus bajos deseos —dijo él con una profunda tristeza, recorriendo con la vista la inhumana escena que entre las sombras se ofrecía.
—Años guardados, años sintiendo heridas desangrándose. Nunca será suficiente castigo para aquellos infractores que se atrevieron a osar tocarme siquiera una vez —la soberbia de Falcon era inmensa.
Los recuerdos de ese último día eran borrosos, pero volvían con su determinante paso. Una batalla. Lágrimas en todos los presentes. Un deseo que no cabía dentro de su poseedor. Golpes en la piel y en el alma, salpicando de dolor un piso en donde ya no tenía lugar más sangre. Era demasiado para cualquier persona. Su final solo podía ser uno.
—¡Ya basta! —se escuchó un grito ahogado, desde lo más profundo de una de las celdas, donde la lastimada criatura se ocultaba de las circunstancias, sin atreverse a mirar al par que decidía su destino con una guerra personal. Extrañamente, el par de gladiadores se detuvo.
Silencio. Fue todo lo que reinó por un instante eterno, en el que parecía que todo volvía a una tierna calma, a una frágil pero encantadora tranquilidad. Ella, herida y desaliñada, salió de su escondite y tocó los barrotes de su prisión, dirigiendo una lastimera mirada a Falcon, que no pudo soportar el peso de su culpa ante eso.
—¿Por qué sigues con esto? —le dijo con voz quebrada, de niña lacerada.
No hubo respuesta, solo una enorme laguna dentro de la mente de Falcon, que se negaba a traer de vuelta un momento tan doloroso. Es curioso como a veces el subconsciente nos protege de nosotros mismos, evitando que nos causemos dolor con aquello que no queremos volver a vivir, aunque de verdad deseamos volver a sentirlo.
Un enorme salto en el tiempo fue la única solución. Los recuerdos volvían a surgir. De nuevo la batalla, de nuevo el carmesí derramado sobre los rostros manchados de lágrimas. Aquel instante borrado era la clave de toda la historia, pero no conseguía traerlo de vuelta.
En su lugar, una magistral batalla se libraba. Eternos fueron los contados minutos que duró y las consecuencias de sus actos. Los presos comenzaban a animarse al notar que el tiempo pasaba y no triunfaba Falcon, que estaba por desesperarse, siendo que su contrincante no hacía más que huirle.
—Esta es la venganza de mi raza —le dijo enfadado él, mientras esquivaba con maestría cada posible ataque.
Al borde de la desesperación, Falcon se detuvo, diciendo con soberbia seriedad, dominado por la furia de sentirse ya cansado y no triunfar —no saldrás con vida de aquí, nadie lo haremos… —y dio una sentencia a PIC.EXE —ejecutar operación final.
—La operación final requiere de autorización, prueba de voz, y contraseña de máxima seguridad, ¿Desea proceder? —se escuchó el timbre metálico del programa.
—¿¡Qué demonios es lo que planeas, Falcon!? —gritó Paul, desconcertado por lo que estaba ocurriendo, y por las sirenas que comenzaron a sonar por todo el salón.
—La policía ha llegado, veo que consiguieron filtrar una llamada —dijo él con calma, a sabiendas de que no iba a ser vencido —¡PIC! Proceder con rutina de operación final, reitero mi aprobación. Falcon Silverseeth. Contraseña de máxima seguridad: M1590P1140M1366E. ¡Ejecutar ahora!
—Contraseña aceptada, rutina en proceso. Tenga un buen día. Gracias por usar el servicio de PIC.EXE. Vuelva pronto —dijo con sórdida voz el programa, dada su automatización.
El lugar completo crujió, mostrando lo peligroso de la acción de Falcon. El miedo fue general, exceptuando al herido contrincante de Falcon, que lo miraba con extrañeza.
—Has elegido la clásica salida del cobarde, llevarnos a todos contigo al infierno— sentenció, resignado a morir ahí —¿En verdad sabes lo que acabas de hacer?
—Es la única opción, así estuvo planeado desde un principio. Estamos parados sobre una enorme llaga en el mundo, y estamos por suturarla. Tanto dolor y pena solo puede ser borrado de esta manera.
—No eres tan tonto como pensé, pero tampoco ameritas la soberbia que sostienes. No sé que me inspiras, pero respetaré tu derecho a morir —le dijo el sujeto, antes de marcharse de un salto por el enorme vitral, arrojándose al barranco.
Falcon cayó al suelo, vencido por el cansancio, mientras las todas prisiones eran abiertas por el procedimiento que estableció Falcon como final. Desde que decidió comenzar con ese plan ya había premeditado como había de terminar. Estaba ocurriendo claramente, aún con las inesperadas intervenciones que tuvo.
Estaba viviendo su propia historia, y a esas alturas no sabía si era lo que en realidad hubiera deseado. ¿Por qué no haber disfrutado la riqueza que forjó? ¿Viajar por el mundo? ¿Pretender a Marian de la manera tradicional, como no se atrevió? No quedaba oportunidad para el arrepentimiento. Para nada.
Todos gritaban asustados al notar que la enorme puerta del salón no cedía. Sus intentos de derribarla, con fuerza bruta y luego golpeando con los muebles, fueron tan vanos como su esperanza. En un intento conclusivo, se acercaron al derribado Falcon.
—Por favor, Falcon, tú nunca fuiste así en realidad… —dijo Lizzie en un tono dulce.
—Perdona todo lo ocurrido, y comencemos de nuevo —entre sollozos pronunció Angel.
—Míranos. Estamos los que éramos parte de un todo, y puede volver a ser así —Albert, sumamente golpeado, mostraba que el rencor había desaparecido.
—¡Tienes que dejarnos ir! —gritó horrorizada Shadow.
—Falcon, escúchanos, somos todos tus amigos —intervino Wingen.
—Ya no resta nada para nosotros, solo esperar a que el agua nos termine de cubrir —la voz cortada de Falcon manifestaba seriedad, limpia de pasiones desoladoras.
Como trasfondo, se escuchaban golpes por toda la mansión, mientras los miembros de seguridad irrumpían en cada habitación, encontrando una completa calma. Jamás encontrarían el salón, no a tiempo. Sirenas y caos. Dolor y resignación. Tal como una profecía, el diario llegaba a su capítulo final.
—El salón ha sido aislado. 5 minutos para inmolación —se oyó decir a la computadora.
—¡Por favor, tienes que dejarnos ir! —el pánico en la voz de Araly era inmenso.
—¡Por favor contrólate, inepto! —Allan asestó un golpe en el rostro a su captor, que no hizo intento por detenerlo. Cayó al suelo con la boca sangrante, pero ni así salió de su letargo.
—Ya se los dije. He trazado mi vida de acuerdo a un diario, y se han ido cumpliendo los capítulos uno a uno. Estamos en la recta final: tiempo de reconciliación y felicidad, la despedida de la cruel realidad.
—¡Esto no puede estar pasando! ¡Intenten de nuevo tirar la puerta! —balbució Josh, jalando a Carden y Chaos.
Presas de la desesperación, arrancaron la cama de una de las prisiones, y ayudados por Caesar y Albert golpeaban la enorme puerta. El resultado fue el mismo: la puerta no cedía.
—¡Esta porquería esta blindada! —la pateó Caesar, horrorizado.
Falcon se hincó en el suelo, limpiando su rostro con un par de dedos. Miraba la desesperación, y no pudo evitar la lástima, las ganas de abrir las portezuelas de la vida a esos que tanto significaron para él. Nuevamente se impuso el orgullo.
—Nada te hará cambiar de opinión —pensó Riddick en voz alta, conociendo a su amigo.
—Es la mano que me quedó por jugar —le respondió éste.
Lizzie y sus amigas miraban por el ventanal que se arrojara el pagano. Era una altura todavía más mortal que la explosión. Presas del pánico inminente, se soltaron llorando. Estaban ante el umbral de la muerte, y nada podían hacer para evitar traspasarlo.
—Disfruten por última vez el piso sobre sus pies, y la compañía de sus únicos seres queridos —les dijo Falcon, poniéndose de pie y mirando por la rota ventana, dejando en claro que no sería parte de ese momento.
Los prisioneros se miraron, comprendiendo finalmente que el final no dependía de ellos, sino del libro que reposaba en el sangriento piso. De reojo, Falcon los vio reunirse en círculo, y decirse en silencio cuanto se estimaban uno al otro, fundidos en un tierno abrazo grupal. Una lágrima recorrió su frío semblante, deseoso de correr a su lado, pero así no estaba escrito. Todo sería al pie de la letra.
Estaban demostrándose el cariño que se tuvieron, regalando sus últimos minutos en hacer sentir especial a alguien más, fuera del dolor y la pena que ese ser le hubiera causado en el camino de la vida. Estaban perdonándose de corazón, entregando sus más profundos sentimientos ante la falta de un mañana. No resistía la idea de estar del otro lado, de ser el verdugo.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Una mano se posó sobre su hombro derecho sin advertirlo. Tras él, frágil y temblorosa, se encontraba Marian. Las reacciones internas fueron inconmensurables, pero externamente, solo frunció el ceño con extrañeza.
—¿Qué… qué haces aquí, conmigo?
—Nada, solo quería pasar estos segundos contigo, creo que te lo debo… de alguna forma.
Sin decir palabra, ambos se quedaron mirando al vacío de la cañada, uno al lado del otro, cual desconocidos. Sin embargo, podía percibirse un enorme calor a su alrededor, un confort indescriptible.
Un ligero pitido irrumpió en la habitación, indicando que la conclusión estaba cerca. Falcon emitió un largo suspiro, antes de comenzar a hablar.
—Creo que, después de todo, va a haber un ligero cambio de planes.
—¿A qué te refieres? —dijo Marian, cuyas palabras la sorprendieron, una microscópica chispa de esperanza brotó en su corazón.
Falcon no la escuchó. En lo intrincado de su fracturada conciencia, nadaba entre el líquido de los sucesos recientes, buscando el hilo del sentido entre las ramificaciones de los errores, que era como veía a veces sus ideas, para obligarse a creer que había hecho lo correcto. Ahora, a pesar del mar de la confusión, podía ver con claridad un nuevo final, que encajaba perfectamente, mejor que el anterior.
—¿Por qué no me respondes? ¿Falcon? —insistía ella, presionada por el fatal pitido.
—No tiene caso guardar esperanza. Lo único que sirve a este mundo de pretexto para seguir siendo habitable es el amor —pronunció Falcon, cerrando los ojos y suspirando de nuevo, inhalando el aire aciago que él mismo generó.
De un movimiento rápido, jaló a Marian hacía donde él estaba. Los tres segundos previos a la explosión se eternizaron, convirtiéndose en la conclusión idónea. Aquellos del abrazo grupal, estrechándose otra vez, cerraron los ojos para entregarse al reposo del alma. Falcon, tirado en el suelo por su precipitado movimiento, miraba a Marian, también caída, que no entendía. En el instante fatal, se escuchó antes de la explosión una voz lastimera, la original que debió haber sido.
—Te amo, Marian…
El dolor dejó de existir, envolviéndose en una nube de escombros y recuerdos, al compás de los gritos de los servidores de la justicia, que no cabían dentro de su confusión. A la sensación de entregarse a semejante descanso, no pudo habérsele llamado muerte. Todos lo sintieron, ahogándose en las turbulentas aguas de la venganza. Todavía en ellas, pero por fin en calma.

Nostalgia Cap. 16

XVI: Nuestro Lugar.
Desde lo alto de una colina, los dos hermanos miraban al horizonte tomar tintes rojizos. Charlaban sobre mil banalidades, limpiándose el sudor de sus frentes. El viaje que se habían propuesto se estaba tornando tedioso. El dinero escaseaba cada vez más, y los empleos esporádicos en cada pueblo eran menos conforme avanzaban.
Anhelaban volver a su lugar de origen y encontrar alojo con algún viejo conocido, para dar un poco de descanso a su alma nómada, que ya no soportaba las tiendas de campaña y las comidas campiranas. No salían de animales cazados.
En un principio el viaje sería corto, pero al incumplirse la meta, terminaron siendo dos y medio largos años, y uno de ellos estaba al borde del colapso.
—Jamás lo encontraremos, admite por fin que está muerto. ¡Me duele todo! —dijo el más joven, acomodándose un pañuelo que impedía que los mechones de cabello taparan su rostro.
—No Sother, no nos detendremos hasta que vea a mi padre, aunque sea muerto —el mayor, con un eterno semblante de enojo, era el de la determinación.
—Pero, Jack… —el otro insistía, con un comportamiento prácticamente infantil.
—Cállate Sother. Si no quieres seguir, vete por donde quieras tú sólo.
—… ya sabes que no lo haré… —Sother sabía que no dejaría solo a su hermano, aunque estuviera al borde de la desesperación.
Cuando la noche cayó, ya ambos estaban recostados en sus sacos de dormir, todavía discutiendo el destino de su viaje. Por una parte, el pequeño Sother quería dejarlo todo y volver a Din, reencontrarse con su “verdadera familia”, y olvidarse de ese eterno viaje. Por otro, Jack pensaba morir en el intento de ver a su padre, cuya tumba vacía le dio la esperanza de volver a verlo, y encontrar las respuestas a tantas incógnitas que cargaba desde que tenía uso de razón.
Ellos no eran hermanos de sangre, pero se querían como tal, y se lo demostraban cada uno a su manera. El único lazo que tenían en común era Falcon. Casi nadie sabía la historia detrás de ellos tres, pues fue un error en la historia.
Ellos dos, como muchos otros, vivían rodeados de un misticismo hermético, del que jamás hablaban, del que no tenían recuerdo alguno. Ese lazo de silencio era lo que los hacía especiales, y que los unió en el destino, como pronto se dieron cuenta.
Una ligera brisa los despertó. Se pusieron alerta, sintiendo una presencia muy cerca. Detrás de Sother, Jack vio moverse una larga melena gris, brillando con la luz de la luna. Antes de atacar, lanzó a Sother lejos de un empujón para protegerlo, pero al ver a su atacante, recuperó la calma completamente.
—¡Eres un idiota, Jack! ¿Por qué me aventaste? —dijo Sother, sobándose la cabeza.
Jack no le puso atención, mirando a aquel que su hermano no notaba. Sother se extrañó, pero cuando un pequeño rayo de luz logró atravesar las ramas de los árboles, pudo ver ese rostro, tan conocido.
—¡Vientus! ¡Tanto tiempo sin verte! —gritó con su acostumbrada emoción.
—Hola Sother, lo mismo digo —Vientus se inclinó en muestra de respeto —. Jack...— el serio chico hizo lo propio.
El enviado de Destiny les contó a grandes rasgos lo que estaba ocurriendo en su ausencia, y los sucesos que estaban por desatarse. Sother y Jack lo escucharon con atención y seriedad. Una vez concluido el relato de Vientus, Jack dijo en un tono serio.
—Sother, cumpliremos tu deseo: volveremos a Din, después de todo, ahí es donde está nuestro lugar.
Su pequeño hermano lo miró con cariño y admiración, no pudiendo lanzarse a abrazarlo como un niño al que le llega su regalo prometido. Su hermano mayor era secamente frío, pero en esos pequeños instantes se dejaba querer, y miraba a aquel que quería como a un hermano menor, reteniendo el impulso de abrazarlo también, ¿Por qué? Era su manera de ser.
—¡Volveremos a nuestro lugar! —gritó emocionado.

Nostalgia Cap. 15

XV: Crucifícame.
Dormía, no sabía si soñaba. Falcon se encontraba derrotado. Los sucesos en la enorme fortaleza oxidada le estaban destrozando la salud mental. Cada vez eran más frecuentes los golpes a un cuerpo inerte que trataba de sacar a flote los sentimientos que dolía reprimir. Pero no iba a dar marcha atrás: desde la creación del diario, todo estaba destinado a la catástrofe. Pero el dolor no era lo único; los recuerdos recientes eran una llaga fresca, cuencos vacíos de tanto sangrar donde moraba una esperanza muerta.
Estaba sentado, en la soledad de su habitación. Con el pequeño libro de su desgracia en el regazo, pensaba en los incidentes que lo orillaron a ese estado. Uno acudió en el acto a la cita.
Eran los inicios de su compañía, se encontraba sólo en las ruinas de lo que fuera Din . A cada paso que daba, la niebla y el polvo se alzaban con rapidez. Nadie en la redonda, excepto el eco y los árboles secos del último invierno, que no volvieron a renacer jamás. Él mismo llegó a prohibir el paso por esos lares dada su peligrosidad biológica y lo abandonado de la zona, pero una situación ameritaba romper toda norma escrita.
El lujoso automóvil que tenía había quedado atrás, pues el camino era imposible de transitar en el estado que se encontraba. Los lentes que cubrían su identidad le impedían ver, pero si alguien llegaba a encontrarlo en ese sitio, no perdería la oportunidad de sacar partido a ello. Los asaltantes y criminales eran fieles merodeadores del lugar, y era seguro que reconocerían su rostro.
El frío caló hasta en sus huesos. Fuera del clima controlado de la ciudad, era un crudo invierno holocaustico, del que ya no muchos se acordaban. La niebla densa que cubría el petrificado bosque era producto de la contaminación tan fuerte, envuelta con los desastres ambientales que se habían suscitado de pronto.
Recordó la llamada. El día anterior, una misteriosa voz le pidió asistir a una dirección de la antigua Din, donde hablarían sin testigos. Si su memoria no le fallaba, esa voz era de la causante de tantas cosas en su vida, y ahora ésta dependía de esa cita.
Caminaba con dudas, como un jovencito que va a salir a conocer al primer amor, con el impulso de salir corriendo. Pero no iba a hacerlo, no en vano habían pasado tantos años, ni había logrado tanto para huir al final. A pesar de no estar escrito en el diario, era un cambio de planes que aceptó gustoso.
Llegó a la dirección marcada: una casa abandonada, al igual que todas las de la ciudad. Sus habitantes fueron trasladados a Nueva Din, luego de la catástrofe atmosférica en que se vio sumido el país. El hogar seguía conservado a pesar del lógico deterioro. Todavía se podía leer en la placa de la puerta, con grandes letras doradas “Familia Von Perr”.
—Hola Falcon, me da gusto que hayas tenido oportunidad de venir —se escuchó una voz escrupulosa dentro, acercándose hacia la puerta.
El pulso de Falcon se aceleró, mientras se descubría la silueta de Marian entre la niebla. Seguía tan hermosa, tan indescriptible, perfeccionada por el paso de los años y la entrada de la juventud. Algo opacaba esa finura: una mueca de tristeza perpetua.
—Hola, no tenía idea de que siguieras en la ciudad —dijo Falcon, fingiendo no haber pensado con antelación que se trataba de ella. Recordó que su familia se marchó de Din, cuando la compañía de Falcon derrocó a la del patriarca Von Perr.
—Volví yo sola, no resistí vivir en otra parte que no fuera mi hogar, pero no pensaba encontrarlo así.
—Han pasado muchas cosas, si quieres un lugar donde quedarte, puedo ofrecerte mi humilde hogar —dijo él, quitándose las gafas por educación. A pesar de su fingida dureza, no podía controlar su corazón acelerado, ni la idea de ser feliz al lado de ella.
—Ya encontré donde quedarme en Nueva Din, pero muchas gracias. Te he citado hoy para hablar de cosas “diferentes”.
Falcon mostró confusión, acercándose a Marian y sentándose en una roca, olvidándose del costo de su vestimenta. Ella, de pie, comenzó a contarle una historia, sobre un joven que perdió los estribos conforme iba obteniendo más poder económico, político, y social. Cómo pasó por encima de las leyes y de sus seres queridos para saciar una infinita sed, llegando al extremo de llevarse tras él a la naturaleza, y a un legado familiar. Cómo se olvidó de todo, incluso de él mismo.
—Deja de fingir, sé perfectamente de quien estás hablando —dijo Falcon molesto, poniéndose de pie con intención de marcharse.
—No intento regañarte, nadie puede juzgar tus actos, solo quiero que me respondas algo, luego puedes olvidarte hasta de que me viste —dijo ella, recurriendo a la ternura.
Falcon volvió a tomar asiento, como muestra de aceptación, aunque al escuchar la pregunta, deseó haberse marchado.
—¿Haces esto porque que me amas?
Un colosal escalofrío. Momentos de años atrás, cuando era inocente y le daba pena pronunciarlo en público volvieron. Miró esa tierna cara, esos enormes ojos del color de la noche. No podía negarlo, no con esa mirada frente a frente.
Su boca estaba por afirmarlo, cuando el eco de una piedra resonó dentro de la destruida casa. Su intuición levantó la guardia y caminó hacia adentro, dejando a Marian sin respuesta.
Dentro, maldiciendo su suerte, se encontraba un viejo conocido, que no hizo más que sonreír al verse descubierto. Se borró la mueca de su rostro al ver un arma de fuego apuntándolo directamente.
—¿Qué estás haciendo aquí Albert? ¿Sabías de esto?
—Yo lo organicé— dijo con voz asustada —¿Cómo crees que Marian obtuvo tu número de teléfono? Estaba preocupado por ti, y pensé que ésta era la mejor manera de ayudarte.
Falcon bajó el arma, sintiendo a Marian tras él, emitiendo un asustado gemido.
—Falcon, queremos ayudarte, sabemos que no estás bien —Marian se esforzaba, pero su voz temblaba por algún motivo.
—Hay muchas cosas que deben aclararse, pero todo llegará a su debido tiempo— Falcon no estaba dispuesto a desnudar su alma con Albert ahí, ya el ambiente de tranquilidad se había roto.
—¡Somos tus amigos! ¿Qué tiene de malo en que nos intereses? —Albert se le acercó, esperando comprensión de parte de su conocido.
—No mientas, en algo has de querer que te ayude, y no lo haré —le respondió antes de darle la espalda, y emprender el camino de regreso.
Mientras pasaba por donde se encontraba Marian, le murmuró, casi en un suspiro— crucifícame, pero no me obligues a decírtelo… —Marian se extrañó con su respuesta, pero luchó por no hacer mueca alguna, para no advertir a Albert. Ya sin Falcon, éste dejó de fingir.
—¡Qué se cree ese engreído! ¡Mira que venir a una cita con una pistola!
—No debiste haber venido, no sirvió en nada.
—¡Tú que vas a saber! Solo tenías que averiguar porque Falcon actuaba extraño. Ya luego podríamos volver a controlarlo como antes, ¡Pero te distrajiste!
—No fue culpa mía, ni de nadie, estamos haciendo mal al querer manipularlo. No quiero seguir con esto.
—¡Qué bueno, porque no lo harás! Ya me arreglaré con Lizzie cuando aparezca. Tú… vuelve a dondequiera que estabas.
Afortunadamente, la llevó de vuelta a Nueva Din sin más reclamos, donde se pagó una habitación de hotel. Pensó en llamar a Falcon para hablar de nuevo con él, esta vez sin intermediarios. No podía apartar de su mente aquellas palabras que le susurró.
Eran crueles, pero el mensaje era obvio. Optó por no llamarlo, el destino habría de poner a cada uno en donde debía. El diario se cumplía paso a paso, manipulando un mar de sentimientos con dirección a la nada, como se llegó a ver. Ya en los últimos segundos, recordó su error en no haber enmendado aquella cita y cambiar la historia completa. Pero no hay una segunda oportunidad en la tierra para aquellos que se obligan a la soledad.
Al pie de la letra, Marian lo crucificó con tal de no hacerlo hablar, el resto lo hizo él por cuenta propia.

Nostalgia Cap. 14

XIV: Esclavos De Su Propia Ilusión.
¿Qué podía mantener a un joven atado en el tiempo? Para muchos que viven sumidos en los mejores días de su robada juventud, esa sensación de haber sido feliz alguna vez los convierte en esclavos de su propia ilusión. Así se encontraban muchos, pero cada uno a su personal manera: tristeza, felicidad, un dejo de nostalgia entre los dedos. Nadie igual que otro.
En esa precaria situación estaba Riddick. No encontraba un motivo para ver un nuevo amanecer en la actual situación. La escuela era una obligación casi esclavizadora; los compañeros de ésta, una soberana decepción. Porque, para aquellos que han experimentado la verdadera amistad, no pueden conformarse con las migajas de la juventud de moda, tan superficial.
Mirando hacía el techo de su habitación, recorría con la mirada de nuevo los pasajes olvidados, tratando de evocar los más preciados momentos de entre lo demás. Afuera, la lluvia le impedía salir corriendo, buscar a los que fueron sus amigos, y recuperar pedacitos de lo que fue la gloria.
—¿Como dejar atrás todos esos recuerdos? —se decía a sí mismo, cuando escuchó que alguien tocaba con perturbadora insistencia la puerta, al grado de llegar a irritar.
Cuál no sería su sorpresa, al encontrar del otro lado de ésta, al que menos esperaba ver. Guardaba la secreta intención de ver a Wingen, a Paul, incluso a Falcon, pero jamás a Albert, que mojado le pidió permiso para pasar, pues el agua arruinaba su complicado peinado.
—¿Qué te ha traído para acá? —le dijo, no obstante confuso.
—No lo sé, solo me dieron ganas de venir a visitarte —le dijo Albert con una enorme sonrisa.
Albert tenía la gracia de desconcertar hasta a sus padres. Un día era el mejor amigo, y al siguiente podía ser una espina en el zapato. No lo había vuelto a ver desde que amenazó con irse del país para no volver, y regresó quince días después, con un semblante de grandeza formidable. Llegó a ser la persona más relevante dentro de la escuela.
Lo pasó a la humilde sala, y le ofreció sentarse. No había nadie más en la casa, y el eco de sus pasos se escuchaba hasta el último rincón. Riddick fue por una jarra con agua de frutas, y Albert rompió el incomodo silencio.
—La verdad, tenía ganas de saber de ustedes, ya que son tan maleducados que no vuelven a dirigir la palabra a sus antiguos camaradas de batalla.
—No es mi intención, es solo que la escuela me consume, tú has de saber —en realidad, a Riddick le importaba un rábano lo que fuera de la vida de él y de algunos más. A pesar de ello, le alegraba de alguna manera tener con quien hablar.
—El otro día fuimos unos cuantos a la tumba de Vivas. Pensé en invitarlos, pero Lizzie dijo que si ustedes querían irían por su propia cuenta, pues ya hace dos años de su fallecimiento.
Riddick recordó al desordenado occiso, y sintió un nudo en la garganta. No era de su completo agrado tampoco, pero nadie lo era en realidad.
—La verdad, ya ni me acordaba de él…
—De verdad que hay muchos que no tienen sentimientos, mira que olvidarse de tus viejos amigos, de los momentos más bellos de su vida, y seguir como si nada —dijo antes de beber un largo trago del jugo que se le ofreció, luego prosiguió—. Yo sigo viendo a muchos de nuestros amigos, y me siento feliz de hacer un esfuerzo por seguir unidos.
La charla se convirtió en una riña, que concluyó con un Albert molesto, que no entendía lo hueco de los comentarios del tímido Riddick. Éste, por su parte, no era capaz de demostrar lo mucho que extrañaba el pasado, y esa era su clásica defensa contra aquello que no conseguía controlar.
En medio de la lluvia, Albert se marchó, no sin ultimar su discurso.
—Si cambias de parecer, sabes donde vivo, tal vez podamos ir a alguna parte.
Riddick asintió secamente, cerrando la puerta. Es tremendamente duro mantener una manera de ser cuando en realidad no se es así. A eso son guiados muchos por timidez.
En una cafetería cercana, Albert se resguardaba de la lluvia, bebiendo de un aromatizante capuchino y mirando pasar presurosos a los mojados transeúntes a través de la ventana, cuando vio entrar al mismo establecimiento a un viejo conocido. Con un ademán de bienvenida llamó su atención para que se acercara.
—¡Carden! Viejo amigo, siéntate, deja te invito una bebida.
—Muchas gracias, viejo, si vieras que gusto me da verte.
Dialogaron por varias horas, hasta que la noche dio con ellos, y la lluvia decidió cortarse de tajo. Las tazas sucias sobre la mesa eran muchas, y la cuenta ascendía, pero entre los dos la solventaron.
Carden era, en una palabra, insoportable, justamente la especialidad de Albert. Él era capaz de obtener lo que quería de cualquier persona, mérito que le otorgó el cargo de presidente del comité de alumnos. Sabía que la amistad a Carden le convenía, y mantenía una relación agradable por ello.
Riddick era todo lo contrario, el polo de un imán que repele a todos sus semejantes por naturaleza. La enorme diferencia entre ellos dos, era que Albert ofrecía amistad corta y benéfica, como un negocio. Riddick, en cambio, ofrecía un lazo imborrable. Los frutos de ello también eran distintos. Uno obtenía placeres, influencias. El otro, la nostalgia de haber entregado un trozo de su vida, y ver pasar el tiempo y la amistad desvanecerse.
Riddick, como muchas otras almas sensibles, eran esclavos de una fantasía, irrepetibles, que no tuvieron cabida dentro de la nueva creación.

Nostalgia Cap. 13

XIII: Día De Recreación.
—Señor, confirmada presencia ajena en el complejo, ¿Desea proceder con rutina?
—Negativo, este día será especial, es el día de recreación.
El señor de la mansión avanzaba ondeando la larga túnica de finas telas por el pasillo, hacía la sala de control. Tenía cuatro intrusos más en el recinto, y le sobreexcitaba la idea de volver a enfrentarse a ellos, luego del malogrado intento de sus amigos que, por cierto, ya eran parte de su colección de “mascotas”.
En uno de los monitores, los vio dividirse en dos parejas, e inmediatamente reconoció al grupo, a pesar de no haberlos visto, como a sus amigos, en tanto tiempo. El que parecía el líder, uno pequeño de tez morena, no podía ser otro que el Allan de la escuela, que no superaba la moda del pañuelo de capitán. Otro de ellos, el más alto y con cara de tarado, también era altamente reconocible: Chaos, de la misma época, un inútil que rara vez acompañaba al equipo de la escuela por ser muy malo, aunque fue gran amigo de Falcon en su juventud. Otro de ellos era Josh, el novio de Marian, que seguramente se enteró del secuestro de su amada, y acudió al rescate como el más romántico patán, pues era sabido por todos que siempre le era infiel a la primera oportunidad. El último de los ingenuos se llamaba Carden, heredero de la familia Carasvle. Un rubio de excéntricos movimientos, y autoestima excelso. Sus clarísimos ojos eran un característico que lo hacía incontrastable ante las chicas de tiempos pasados, así como sus ropas modernas y su transitar cándido. No fue el último genio que dio la tierra.
—Señor, intruso no identificado en el ala este del complejo, ¿Acción a realizar?
—Cierra todas las puertas del pasillo, dirige al primer grupo al salón de ilusiones, al otro, envíalo a cualquier habitación sin ventanas. Nos aseguraremos de que no salgan.
—Positivo, acción en proceso.
Como Falcon lo mencionó, el primero de los grupos caminaba por un largo pasillo, donde las puertas se iban sellando conforme pasaban, abriendo solo aquellas por las que el sistema apetecía que pasaran. Ambos, Allan y Josh, tenían una noción de lo que estaba pasando con ellos, pero no hacían nada por evitarlo, pensando confiadamente que podrían con cualquier reto.
PIC.EXE los regía a placer, como ratones en busca del queso, hasta el aludido salón de las ilusiones. Incluso, para persuadirlos de sus ideas de ser controlados, envió algunos guardias de seguridad virtuales (como los que intentaron atacar a Sother) a atacarlos, para dejarse ser vencidos, y dar una falsa sensación de seguridad.
—Este lugar me sorprende, es como una enorme sala de tortura… —dijo Josh con mal disimulado miedo.
—Eres un inepto, no sé qué es lo que Marian ha visto en ti todo este tiempo —Allan no perdía oportunidad para marcar el infortunio que le causaba estar con el novio de su antigua amada. A grandes voces, siempre dijo que le encantaba Marian, y que no descansaría hasta que ella lo amara. Era un capricho tan grande como estúpido.
—¡No te atrevas a hablarme así! ¡Tú sabes que soy mejor que tú! ¡No te necesito para rescatar a mi querida Marian!
—Si no recuerdas, tú fuiste el último en enterarte, y si no hubiera sido por el inepto de Carden, ni siquiera estarías aquí —indicó Allan, remarcando el poco interés en su novia.
—Él es el único buen amigo que tengo. Además, si Marian hubiera necesitado ayuda, me hubiera llamado, no es tan tonta.
—No, el tonto eres tú, ¿Cómo va a hablarte si está secuestrada?
Antes de que el enfurecido torpe se lanzara contra su compañero, éste lo detuvo abruptamente, señalando una puerta frente a ellos, finamente adornada, lejana de la decoración restante. En su marco superior, se alcanzaba a leer con letras doradas “salón de ilusiones”.
—Bien, hasta aquí llega el camino que seguimos, ¿Quieres que entremos, inepto?— preguntó Allan, aprovechando el cambio de tema.
—Llegaré hasta donde sea necesario por mi chica —Josh dio el primer paso.
La puerta cedió fácilmente a sus manos, dejándolos internarse en la oscuridad de uno de los lugares predilectos del amo de la mansión, posiblemente el más portentoso, sólo superado por el salón ceremonial, donde tenía presos a sus amigos.
La luz se encendió por sí sola, viéndose finalmente en un salón finamente adornado, salido de una estampa victoriana. Finos asientos hacían juego con adornos dorados y pinturas de artistas reconocidos, montados en paredes refinadamente moldeadas. Era un monumento a la perfección renacentista, una perfecta reconstrucción de la gloria del pasado. Lo que no sabían ese par era que, enteramente, se trataba de una reconstrucción de la oficina de Destiny en la Pirámide.
De una de las muchas puertas que desembocaban ahí, para sorpresa de los dos invasores, entró el dueño de la mansión. Vestido con una larga túnica de descanso en tonos oscuros, su largo cabello le cubría gran parte del rostro, dándole más el aspecto de un fantasma que de un magnate. Sin poder salir de su repentino asombro, no se atrevían a mover ni los párpados, mientras que Falcon avanzaba con lentitud, y se sentaba en uno de los señoriales asientos, para sonreírles luego con descaro.
—Buenas noches caballeros, disculpen que no les abriera la puerta, pero ustedes mismos encontraron una mejor forma de entrar —su tono de voz era natural, a la vez misterioso.
—¡No nos vengas con estupideces, Falcon! Sabes a qué hemos venido, y te has entregado por tu propio pie, ¡Pero mira inepto que resultaste! —gritó Allan, ya cuando hubo corroborado que no venía Falcon con la policía.
—Pero que descortesía, no les he ofrecido nada a mis invitados, permítanme… —dijo, y, sonando una pequeña campana, se escuchó inmediatamente el crujir de otra de las puertas.
Cuando el par volteó, no cupo dentro de su sorpresa. Por su propio paso se acercaba Marian, cargando en sus manos una charola de plata con bocadillos, que dejó en la mesa de centro, para ir a sentarse al lado de Falcon.
—¡Mi vida! ¿Qué estás haciendo? —Josh no lograba comprender la situación.
—Eres tan inepto, Josh —Marian hizo uso de la típica frase de Allan, que no pudo evitar decir “te lo dije” —. ¿No es obvio? Todo el tiempo he estado aquí por mi propio gusto, al lado de Falcon.
—¡No te creo! Por todas partes se dice que Falcon te tenía prisionera, junto con otros tantos —Allan se resistía a creer.
—Tal vez fuera en un inicio, pero todos tenemos derecho a cambiar de opinión— dijo ella, con completa naturalidad.
—Ya escucharon estúpidos, no tienen un motivo para haber entrado a mi hogar. Márchense cuanto antes —Falcon fue determinante.
—¡Vas a venir con nosotros, Marian! ¡No sé qué te haya hecho este loco, pero yo te curaré! —Josh no pensaba irse con las manos vacías.
—Te he dicho que no, ¡Y será mi última palabra! —Marian se puso de pie.
—No hemos venido en vano, ¡Ven con nosotros! —Allan corrió con ella, y trató de tomar a la fuerza su brazo.
Cuál no sería su sorpresa al notar que su mano abanicó el aire, sin poder tocar la piel que veía. Fue entonces cuando Falcon se puso de pie, y dio la última palabra.
—Han caído completamente en mi trampa. Bienvenidos al salón de las ilusiones… —dicho esto, toda la habitación comenzó a difuminarse, junto con la pareja que les sonreía malévolamente.
—¡Hemos caído en una sala de hologramas! —gritaba Josh, lleno de pánico.
—Ya lo sé, inepto, dime algo que no sepa —era más el coraje que sentía Allan, pues ya toda luz se había apagado, y se encontraban en una oscuridad infinita, de la que no volverían a salir.
Para ese entonces, ya el otro par había quedado encerrados en una habitación sin mucho preámbulo. Ellos cuatro no fueron el último intento por salvar a los prisioneros, pero sí uno de los que más marcó a Falcon. Tuvo la oportunidad de aplastar a la pareja de Marian de una vez por todas, explotando todo el rencor que el silencio le había obligado a tragar en variadas ocasiones.
—Hemos concluido el día, mi querido mayordomo, fue tan divertido como lo pensaba, y de mucho provecho —dijo Falcon a su computadora.
—Afirmativo señor, ¿Desea realizar algún procedimiento contra los nuevos prisioneros?
—No, deja que la locura los consuma un par de días, ya luego los agregaremos a la colección. Por hoy, mi estimado, descansa.
Borrado de la existencia, Falcon una vez fue una criatura sanguinaria con el único deseo de vengarse de todos aquellos que alguna vez le hicieron daño. Cobró la sangre que le sacaron gota a gota, para derramarla sobre el manto donde una vez se limpió las lágrimas.
Ese día fue el único que Falcon sonrió en aquella época. Por un motivo cruel, fue una sinceridad que no volvió a reflejar hasta el mismo día de su muerte.